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martes, 16 de febrero de 2010

El Conocimiento.

En qué consiste el acto de conocer, cual es la esencia del conocimiento, cual es la relación cognoscitiva entre el hombre y las cosas que lo rodean. A pesar de que es una operación cotidiana no hay un acuerdo acerca de lo que sucede cuando conocemos algo. La definición más sencilla nos dice que conocer consiste en obtener una información acerca de un objeto. Conocer es conseguir un dato o una noticia sobre algo. El conocimiento es esa noticia o información acerca de ése objeto.

Una definición esencial de la filosofía se podría obtener atendiendo el significado de la palabra. El termino filosofía deriva del griego y quiere decir amor a la sabiduría o lo que es lo mismo, deseo de saber, de conocer. Por ejemplo la definición de filosofía que presentan Platón y Aristóteles como ciencia pura, es respectivamente la búsqueda de la virtud o de la felicidad.

Lo primero que debemos intentar es descubrir un objetivo común contenido en todos aquellos sistemas a cuya vista se constituyen todos aquellos sistemas de la filosofía.

Estos sistemas son los de Platón y Aristóteles, Descartes y Leibnitz, Kant y Hegel ya que en todos ellos hallaremos una inclinación en la universalidad, una orientación en la totalidad objetiva por ejemplo: el ser, la esencia, el conocimiento.

En los principios de la edad moderna retomamos los caminos del concepto Aristotélico (tiene como centro una ciencia universal del ser). Los sistemas de Descartes, Spinoza y Leibnitz, presentan la misma orientación que caracteriza al Estagirita, ya que todos tienden al conocimiento del mundo objetivo. Kant por el contrario revive el estilo Platónico (procura elevar la vida, con todos sus conceptos a la conciencia filosófica).

Es verdad que Kant en su primera manifestación surge como una teoría del conocimiento o como base crítica del estudio científico. Pero no se detiene en el ámbito teórico sino que avanza a formular la base crítica de todos los campos conocibles. Al lado de la Crítica de la razón pura, se encuentra la Crítica de la razón práctica, que aborda el tema de la valorización moral, y la Crítica del juicio, cuyo objetivo son las investigaciones críticas de los valores estéticos.

Así pues, en Kant aparece la filosofía como una reflexión universal del pensamiento sobre sí mismo, como una reflexión del hombre estudioso sobre los valores de su conducta.

La supresión de todos los principios materiales y objetivos, los cuales existen indudablemente en Kant, de manera que la filosofía asume un carácter puramente formal y metodológico. Ésta postura intelectual provoca una reacción que forja un nuevo movimiento en el pensamiento filosófico, el cual vuelve a inclinarse a lo material y objetivo, constituyendo una renovación del carácter aristotélico.

Ésta breve reseña de la evolución histórica del pensamiento filosófico, nos permite determinar otros dos elementos del concepto esencial de la filosofía. Al primero se conoce con la expresión “concepción del yo”; al segundo se le llama “concepción del universo”.

La filosofía es ambas cosas: una concepción del yo y una concepción del universo.

En todo conocimiento podemos distinguir cuatro elementos:

*        El sujeto que conoce.

*        El objeto conocido.

*        La operación misma de conocer.

*        El resultado obtenido que es la información recabada acerca del objeto.

Dicho de otra manera: el sujeto se pone en contacto con el objeto y obtiene una información acerca del mismo. Cuando existe congruencia o adecuación entre el objeto y la representación interna correspondiente, decimos que estamos en posesión de una verdad.

PROBLEMAS FILOSÓFICOS GRIEGOS Y MEDIEVALES.

En el siglo V a.C., los sofistas griegos cuestionaron la posibilidad de que hubiera un conocimiento fiable y objetivo. Afirmaban que nada puede existir en realidad, que si algo existe no se puede conocer y que si su conocimiento fuera posible, no se podría comunicar.

Mantuvieron que ninguna opinión de una persona es más correcta que la de otra, porque cada individuo es el único juez de su propia experiencia. Platón, siguiendo a su ilustre maestro Sócrates, intentó contestar a los sofistas dando por sentado la existencia de un mundo de formas o ideas, invariables e invisibles, sobre las que es posible adquirir un conocimiento exacto y certero. Mantenía que las cosas que uno ve y palpa son copias imperfectas de las formas puras estudiadas en matemáticas y filosofía. Por consiguiente, sólo el razonamiento abstracto de esas disciplinas proporciona un conocimiento verdadero, mientras que la percepción facilita opiniones vagas e inconsistentes.

Concluyó que la contemplación filosófica del mundo oculto de las ideas es el fin más elevado de la existencia humana.

Aristóteles siguió a Platón al considerar el conocimiento abstracto superior a cualquier otro, pero discrepó de su juicio en cuanto al método apropiado para alcanzarlo. Aristóteles mantenía que casi todo el conocimiento se deriva de la experiencia. El conocimiento se adquiere ya sea por vía directa, con la abstracción de los rasgos que definen a una especie, o de forma indirecta, deduciendo nuevos datos de aquellos ya sabidos, de acuerdo con las reglas de la lógica. La observación cuidadosa y la adhesión estricta a las reglas de la lógica, que por primera vez fueron expuestas de forma sistemática por Aristóteles, ayudarían a superar las trampas teóricas que los sofistas habían expuesto. Las escuelas estoica y epicúrea coincidieron con Aristóteles en que el conocimiento nace de la percepción pero, al contrario que Aristóteles y Platón, mantenían que la filosofía había de ser considerada como una guía práctica para la vida y no como un fin en sí misma.

Después de varios siglos de declive del interés por el conocimiento racional y científico, el filósofo santo Tomás de Aquino y otros de la edad media ayudaron a devolver la confianza en la razón y la experiencia, combinando los métodos racionales y la fe en un sistema unificado de creencias. Tomás de Aquino coincidió con Aristóteles en considerar la percepción como el punto de partida y la lógica como el procedimiento intelectual para llegar a un conocimiento fiable de la naturaleza, pero estimó que la fe en la autoridad bíblica era la principal fuente de la creencia religiosa.

LOS TRES NIVELES DEL CONOCIMIENTO.

El ser humano puede captar un objeto en tres diferentes niveles, sensible, conceptual y holístico. El conocimiento sensible consiste en captar un objeto por medio de los sentidos; tal es el caso de las imágenes captadas por medio de la vista. Gracias a ella podemos almacenar en nuestra mente las imágenes de las cosas, con color, figura y dimensiones. Los ojos y los oídos son los principales sentidos utilizados por el ser humano. Los animales han desarrollado poderosamente el olfato y el tacto.

En segundo lugar, tenemos el conocimiento conceptual, que consiste en representaciones invisibles, inmateriales, pero universales y esenciales. La principal diferencia entre el nivel sensible  y el conceptual reside en la  singularidad y universalidad que caracteriza, respectivamente, a estos dos tipos de conocimiento. El conocimiento sensible es singular y el conceptual universal. Por ejemplo, puedo ver y mantener la imagen de mi padre; esto es conocimiento sensible, singular. Pero además, puedo tener el concepto de padre, que abarca a todos los padres; es universal. El concepto de padre ya no tiene color o dimensiones; es abstracto. La imagen de padre es singular, y representa a una persona con dimensiones y figura concretas. En cambio el concepto de padre es universal (padre es el ser que da vida a otro ser). La imagen de padre sólo se aplica al que tengo en frente. En cambio, el concepto de padre se aplica a todos los padres. Por esto decimos que la imagen es singular y el concepto es universal.

En tercer lugar tenemos el conocimiento holístico (también llamado intuitivo, con el riesgo de muchas confusiones, dado que la palabra intuición se ha utilizado hasta para hablar de premoniciones y corazonadas). En este nivel tampoco hay colores, dimensiones ni estructuras universales como es el caso del conocimiento conceptual.

Intuir un objeto significa captarlo dentro de un amplio contexto, como elemento de una totalidad, sin estructuras ni límites definidos con claridad. La palabra holístico se refiere a esta totalidad percibida en el momento de la intuición (holos significa totalidad en griego).

La principal diferencia entre el conocimiento holístico y conceptual reside en las estructuras. El primero carece de estructuras, o por lo menos, tiende a prescindir de ellas. El concepto, en cambio, es un conocimiento estructurado. Debido a esto, lo percibido a nivel intuitivo no se puede definir, (definir es delimitar), se capta como un elemento de una totalidad, se tiene una vivencia de una presencia, pero sin poder expresarla adecuadamente. Aquí está también la raíz de la dificultad para dar ejemplos concretos de este conocimiento. Intuir un valor, por ejemplo, es tener la vivencia o presencia de ese valor y apreciarlo como tal, pero con una escasa probabilidad de poder expresarla y comunicarla a los demás.

Un ejemplo de conocimiento holístico o intuitivo es el caso de un descubrimiento en el terreno de la ciencia. Cuando un científico vislumbra una hipótesis explicativa de los fenómenos que estudia, podemos decir que ese momento tiene un conocimiento holístico, es decir, capta al objeto estudiado en un contexto amplio en donde se relaciona con otros objetos y se explica el fenómeno, sus relaciones, sus cambios y sus características. El trabajo posterior del científico, una vez que ha vislumbrado una hipótesis, consiste en traducir en términos estructurados (conceptos) la visión que ha captado en el conocimiento holístico, gracias a un momento de inspiración.

La captación de valores nos ofrece el mejor ejemplo de conocimiento holístico. Podemos ver a un ser humano enfrente de nosotros (esto es un conocimiento sensible o de primer nivel). Podemos captar el concepto de hombre y definirlo (esto es un conocimiento conceptual o de segundo nivel). Pero además, podemos vislumbrar el valor de este hombre en concreto dentro de su familia. Percibimos su valor y lo apreciamos. Esto es un conocimiento holístico o de tercer nivel.

La experiencia estética nos proporciona otro ejemplo de conocimiento holístico. Percibir la belleza de una obra de arte significa captar ese objeto sin estructuras, sin conceptos, simplemente deteniéndose en la armonía, congruencias y afinidades con el propio sujeto. Debido a esto, la experiencia estética se puede denominar también conocimiento por connaturalidad.

LA POSIBILIDAD DEL CONOCIMIENTO.

1.- El dogmatismo.

Para él, resulta comprensible el que el sujeto, la conciencia ognoscente, aprehenda su objeto, esta actitud se fundamenta en una onfianza total en la razón humana, confianza que aún no es debilitada por la duda.

El dogmatismo supone absolutamente la posibilidad y realidad del contacto entre el sujeto y el objeto.

Para Kant el dogmatismo es la actitud de quien estudia la metafísica sin haber determinado con anterioridad cuál es la capacidad de la razón humana para tal estudio.

2.-El escepticismo.

El dogmatismo frecuentemente se transforma en su opuesto, en el escepticismo. Mientras que el dogmatismo considera que la posibilidad de un contacto entre el sujeto y el objeto es comprensible en sí misma, el escepticismo niega tal posibilidad. El sujeto no puede aprehender al objeto, afirma el escepticismo. Por tanto, el conocimiento, considerado como la aprehensión real de un objeto, es imposible. Según esto, no podemos externar ningún juicio y debemos abstenernos totalmente de juzgar.

Mientras que el dogmatismo en cierta forma ignora al sujeto, el escepticismo desconoce al objeto.

El escepticismo se puede hallar, principalmente, en la antigüedad, afirman que no puede lograrse un contacto entre el sujeto y el objeto. La conciencia esta imposibilitada para aprehender su objeto.

3.- El subjetivismo y el relativismo.

El escepticismo sostiene que no hay verdad alguna. El subjetivismo y el relativismo no son tan radicales. Con ellos se afirma que si existe una verdad; sin embargo, tal verdad tiene una validez limitada. El subjetivismo, como su nombre lo indica, limita la validez de la verdad al sujeto que conoce y juzga. El relativismo afirma que no existe alguna verdad absolutamente universal.

El subjetivismo y el relativismo son análogos, en su contenido, al escepticismo. En efecto, ambos niegan la verdad; no en forma directa como el escepticismo, pero sí en forma indirecta al dudar de su validez universal.

4.- El pragmatismo.

El escepticismo presenta una actitud esencialmente negativa. Formula la negación de la posibilidad del conocimiento. El escepticismo adquiere un cariz positivo en el pragmatismo moderno. El pragmatismo, al igual que el escepticismo, desecha el concepto de la verdad considerado como concordancia.

El pragmatismo cambia el concepto de la verdad en cuanto que es originado por una peculiar concepción de lo que es el ser humano.

Dentro de tal concepción el hombre no es primordialmente un ser especulativo y pensante, sino un ser práctico, un ser volitivo.

5.- El criticismo.

Existe una tercera postura que resolvería la antítesis en una síntesis. Esta postura intermedia entre el dogmatismo y el escepticismo recibe el nombre de criticismo. Al igual que el dogmatismo, el criticismo admite una confianza fundamental en la razón humana. El criticismo está convencido de que es posible el conocimiento de que existe la verdad. Pero mientras que tal confianza conduce al dogmatismo, a la aceptación candorosa, para decirlo en alguna forma, de todas las aseveraciones de la razón humana y al no fijar límites al poder del conocimiento humano, el criticismo pone, junto a la confianza general en el conocimiento humano, una desconfianza hacia cada conocimiento particular, acercándose al escepticismo por esto.

El criticismo examina todas y cada una de las aseveraciones de la razón humana y nada acepta con indiferencia.

En cuanto a nuestra Individualidad, pensamos que el objetivo sea el “estudio y accionamiento sobre el carácter divino y del humano del HOMBRE”, con un sentido crítico. Creemos en una filosofía que considera a DIOS como un solo ser eterno, existente per se, en contraposición a la mitología de los pueblos antiguos sobrecargada de multitud de dioses y diosas, de semidioses y héroes; y al HOMBRE como ser inmortal, que se prepara en esta vida para otra, eterna y futura (mientras existan sus congeneres), en evidente contraposición con la filosofía de la antigüedad que circunscribía la existencia humana a la vida presente.

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miércoles, 20 de enero de 2010

Sabiduría Divina

Quién mira afuera, sueña; quién mira adentro, despierta.

(Carl Gustav Jung)

Los grandes espíritus siempre han encontrado oposición violenta de los mediocres. Éstos últimos no pueden entender cuando un hombre no se rinde sin pensar a prejuicios hereditarios, sino que franca y valientemente usa su inteligencia.

(Albert Einstein)

Todas las verdades son fáciles de entender una vez que son descubiertas; el punto es descubrirlas.

(Galileo)

No intentes estudiar la más elevada de todas las ciencias si no has decidido de antemano entrar en el sendero de la Virtud, porque aquellos que no son capaces de sentir la Verdad no comprenderán mis palabras.

Únicamente aquellos que entren en el Reino de los Cielos comprenderán los Misterios Divinos, y cada uno de ellos aprenderá la Verdad y la Sabiduría sólo en la medida de su capacidad para recibir en el corazón la Luz Divina de la Verdad. Para aquellos cuya vida consiste únicamente en la mera luz de su ego intelectual, los Misterios Divinos de la Naturaleza no serán comprensibles, porque las palabras que pronuncia la Luz no son oídas por sus Almas; únicamente aquel que se desliga de su ego o propio yo puede Conocer la Verdad, porque la Verdad sólo es posible conocerla en la Región del Bien Absoluto.

Todo cuanto existe es producto de la actividad del Espíritu. La más elevada de todas las Ciencias es aquella por cuyo medio aprende el hombre a conocer el lazo de unión entre la inteligencia espiritual y las formas corpóreas. Entre el Espíritu y la Materia no existen las líneas de separación marcadas, pues entre ambos extremos se presentan todas las gradaciones posibles.

Dios es Fuego, emitiendo la Luz más pura. Esta Luz es Vida, y las gradaciones existentes entre la Luz y las Tinieblas se hallan fuera de la concepción humana. Cuanto más nos aproximamos al centro de la Luz, tanta mayor es la fuerza que recibimos, y tanto mayor poder y actividad resultan. El destino del hombre es elevarse hasta aquel Centro Espiritual de Luz, por sus propios medios. El hombre primordial era un Hijo de aquella Luz. Permanecía en un estado de Perfección Espiritual muchísimo más elevado que en el presente, en que ha descendido a un estado más material asumiendo una forma corpórea y grosera. Para ascender de nuevo a su altitud primera, tiene que volver atrás en el sendero por el cual descendió.

Cada uno de los objetos animados de este mundo obtiene su vida y su actividad gracias al Poder del Espíritu; los elementos groseros hállanse regidos por los más sutiles, y estos a su vez por otros que lo son todavía más, hasta llegar al poder puramente espiritual y divino, y de este modo, Dios influye en todo y lo gobierna todo. En el hombre existe un germen de Poder Divino, germen que desarrollándose, puede llegar a convertirse en un árbol del cual cuelguen frutos maravillosos. Pero este germen puede únicamente desenvolverse gracias a la influencia del calor que radia en torno del Centro Flamígero del Gran Sol Espiritual, y en la medida en que nos aproximamos a la Luz, es este calor sentido.

Desde el centro o causa suprema y original, radian continuamente poderes activos, difundiéndose a través de las formas que su actividad eterna ha producido, y desde estas formas radian otra vez hacia la causa primera, dando lugar con esto a una cadena ininterrumpida en donde todo es actividad, luz y vida. Habiendo el hombre abandonado la radiante esfera de luz, se ha hecho incapaz de contemplar el pensamiento, la voluntad y la actividad del Infinito en su unidad, y en la actualidad tan sólo percibe la imagen de Dios en una multiplicidad de imágenes varias. Así es que él contempla a Dios bajo un número de aspectos casi infinito, pero el mismo Dios permanece uno. Todas estas imágenes deben recordarle la exaltada situación que un tiempo ocupó y a la reconquista de la misma deben tender todos sus esfuerzos.

A menos que se esfuerce en elevarse a mayor altura espiritual, ira sumiéndose cada vez más profundamente en la sensualidad, y le será entonces mucho más difícil el volver a su estado primero.

Durante nuestra vida terrestre actual nos encontramos rodeados de peligros, y para defendernos nuestro poder es bien poco. Nuestros cuerpos materiales nos mantienen encadenados al reino de lo sensual y un millar de tentaciones se lanzan sobre nosotros todos los días. De hecho, sin la reacción del espíritu, la acción del principio animal en el hombre rápidamente lo arrastraría al cieno de la sensualidad, en donde su humanidad desaparecería en último resultado. Sin embargo, este contacto con lo sensual es necesario para el hombre, pues le proporciona la fuerza sin la cual no sería capaz de elevarse. El poder de la voluntad es el que permite al hombre elevarse, y aquel en quien la voluntad ha llegado a un tal estado de pureza que es una y la misma con la voluntad de Dios, puede, incluso durante su vida en la tierra, llegar a ser tan espiritual que contemple y comprenda en su unidad al reino de la inteligencia.

Un hombre tal puede llevar a cabo cualquier cosa; porque unido con el Dios universal, todos los poderes de la naturaleza son sus propios poderes, y en él se manifestarán la armonía y la unidad del todo. Viviendo en lo eterno, no se halla sujeto a las condiciones de espacio y de tiempo, porque participa del poder de Dios sobre todos los elementos y poderes que en los mundos visible e invisible existen, y comparte y goza de la gloria (conciencia) de lo que es eterno. Diríjanse todos tus esfuerzos a alimentar la tierna planta de virtud que en tu seno crece. Para facilitar su desarrollo purifica tu Voluntad y no permitas que las ilusiones de la sensualidad y del tiempo te tienten y te engañen; y cada uno de los pasos que des en el sendero que a la vida eterna conduce, te encontrarás con un aire más puro, con una vida nueva, con una luz más clara, y a medida que asciendas hacia lo alto aumentará la expansión de tu horizonte mental.

La inteligencia sola no conduce a la sabiduría. El espíritu lo conoce todo, y sin embargo ningún hombre le conoce. La inteligencia sin Dios enloquece, empieza a adorarse a sí misma y rechaza la influencia del Espíritu Santo. ¡Ah, cuán poco satisfactoria y engañosa es una tal inteligencia sin espiritualidad! ¡Cuán pronto perecerá! El espíritu es la causa de todo, ¡y cuán pronto cesará de brillar la luz de la más brillante de las inteligencias una vez abandonada por los rayos de vida del sol del espíritu!

Para comprender los secretos de la sabiduría no basta el especular y el inventar teorías acerca de los mismos. Lo  que principalmente se necesita es sabiduría. Solamente aquel que se conduce sabiamente es en realidad sabio, aunque no haya recibido jamás la menor instrucción intelectual. Para poder ver necesitamos tener ojos, y no podemos prescindir de los oídos si queremos oír. Para poder percibir las cosas del espíritu necesitamos el poder de la percepción espiritual. Es el espíritu y no la inteligencia quien da la vida a todas las cosas, desde el ángel planetario hasta el molusco del fondo del océano. Esta influencia espiritual siempre desciende de arriba abajo, y nunca asciende de abajo arriba, en otras palabras: siempre radia desde el centro a la periferia, pero jamás de la periferia al centro. Esto explica por qué siendo tan sólo la inteligencia del hombre el producto o efecto de la luz del espíritu que brilla en la materia no puede nunca elevarse por encima de su propia esfera de la luz, que procede del espíritu.

La inteligencia del hombre será capaz de comprender las verdades espirituales. Únicamente con la condición de que su conciencia entre en el reino de la luz espiritual. Esta es una verdad que la gran mayoría de las personas científicas e ilustradas no querrán comprender. No pueden elevarse a un estado superior al de las esferas intelectuales creadas por ellas mismas, y consideran todo lo que se halla fuera de ellas como vaguedades y sueños ilusorios. Por lo tanto, su comprensión es oscura, en su corazón residen las pasiones, y no se les permite a ellos el contemplar la luz de la verdad. Aquel cuyo juicio es determinado por lo que percibe con sus sentidos extremos no puede realizar las verdades espirituales. Un hombre dominado por los sentidos se mantiene adherido a su yo individual, el cual es una ilusión, y naturalmente, odia la verdad, porque el conocimiento de la misma destruye su personalidad. El instinto natural del yo inferior del hombre le impulsa a considerarse a sí mismo como un ser aislado, distinto del Dios universal. El conocimiento de la verdad destruye aquella ilusión, y por lo tanto, el hombre sensual odia la verdad.

El hombre espiritual es un hijo de la Luz. La regeneración del hombre y su restauración a su primer estado de perfección, en el cual sobrepasa a todos los demás seres del universo, depende de la destrucción y remoción de todo cuanto oscurece o vela su verdadera naturaleza interna. El hombre es, por decirlo así un fuego concentrado en el interior de una cascara material y grosera. Es su destino el disolver en este fuego las porciones materiales y groseras (del alma) y unirse de nuevo con el flamígero centro, del cual es a manera de centella durante su vida terrestre. Si la conciencia y la actividad del hombre hállanse continuamente concentradas en las cosas externas, la luz que radia de la centella divina desde el interior del corazón va debilitándose poco a poco, y desaparece finalmente. Pero si el fuego interno se cultiva y alimenta, destruye los elementos groseros, atrae otros principios más etéreos, hace al hombre más y más espiritual y le concede poderes divinos.

No sólo cambia el estado del alma (la actividad interna), cambia también el estado receptivo más perfecto para las influencias puras y divinas, y ennoblece por completo la constitución del hombre hasta que se convierte en el verdadero Señor de la creación. La Sabiduría Divina o «Teosofía» no consiste en conocer intelectualmente muchas cosas, en ser sabio en pensamientos, palabras y acciones. No puede existir ninguna Teosofía especial ni cristiana. La Sabiduría en absoluto (Sabiduría Divina) no posee calificaciones. Es el reconocimiento practico de la verdad absoluta, y esta verdad es sólo UNA.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Los versos aúreos

Honra, en primer lugar,

y venera a los dioses inmortales,

a cada uno de acuerdo a su rango.

Respeta luego el juramento,

y reverencia a los héroes ilustres,

y también a los genios subterráneos:

cumplirás así lo que las leyes mandan.

Honra luego a tus padres

y a tus parientes de sangre.

Y de los demás, hazte amigo

del que descuella en virtud.

Cede a las palabras gentiles

y no te opongas a los actos provechosos.

No guardes rencor

al amigo por una falta leve.

Estas cosas hazlas

en la medida de tus fuerzas,

pues lo posible se encuentra

junto a lo necesario.

Compenétrate en cumplir

estos preceptos,

pero atente a dominar

ante todo las necesidades

de tu estómago y de tu sueño,

después los arranques

de tus apetitos y de tu ira.

No cometas nunca

una acción vergonzosa,

ni con nadie, ni a solas.

 

Por encima de todo,

respétate a ti mismo.

Seguidamente ejerce

en practicar la justicia,

en palabras y en obras,

Aprende a no comportarte

sin razón jamás.

Y sabiendo que morir

es la ley fatal para todos,

que las riquezas,

unas veces te plazca ganarlas

y otras te plazca perderlas.

De los sufrimientos que caben

a los mortales por divino designio,

la parte que a ti corresponde,

sopórtala sin indignación;

pero es legítimo que le busques remedio

en la medida de tus fuerzas;

porque no son tantas las desgracias

que caen sobre los hombres buenos.

Muchas son las voces,

unas indignas, otras nobles,

que vienen a herir el oído.

Que no te turben ni tampoco

te vuelvas para no oírlas.

Cuando oigas una mentira,

sopórtalo con calma.

Pero lo que ahora voy a decirte

es preciso que lo cumplas siempre:

Que nadie, por sus dichos o por sus actos,

te conmueva para que hagas o digas

nada que no sea lo mejor para ti.

Reflexiona antes de obrar

para no cometer tonterías.

Obrar y hablar sin discernimiento

es de pobres gentes.

Tú en cambio siempre harás

lo que no pueda dañarte.

 

No entres en asuntos que ignoras,

mas aprende lo que es necesario:

tal es la norma de una vida agradable.

 

Tampoco descuides tu salud,

ten moderación en el comer o el beber,

y en la ejercitación del cuerpo.

Por moderación entiendo

lo que no te haga daño.

 

Acostúmbrate a una vida sana sin molicie,

y guárdate de lo que pueda atraer la envidia.

 

No seas disipado en tus gastos

como hacen los que ignoran

lo que es honradez,

pero no por ello

dejes de ser generoso:

nada hay mejor

que la mesura en todas las cosas.

Haz pues lo que no te dañe,

y reflexiona antes de actuar.

Y no dejes que el dulce sueño

se apodere de tus lánguidos ojos

sin antes haber repasado

lo que has hecho en el día:

"¿En qué he fallado? ¿Qué he hecho?

¿Qué deber he dejado de cumplir?"

Comienza del comienzo

y recórrelo todo,

y repróchate los errores

y alégrate de los aciertos.

 

Esto es lo que hay que hacer.

Estas cosas que hay

que empeñarse en practicar,

 

Estas cosas hay que amar.

Por ellas ingresarás

en la divina senda de la perfección.

¡Por quien trasmitió a nuestro

entendimiento la Tetraktys

la fuente de la perenne naturaleza!

¡Adelante pues!

ponte al trabajo,

no sin antes rogar

a los dioses que lo conduzcan

a la perfección.

Si observares estas cosas

conocerás el orden

que reina entre los dioses inmortales

y los hombres mortales,

en qué se separan las cosas

y en qué se unen.

Y sabrás, como es justo

que la naturaleza es una

y la misma en todas partes,

para que no esperes

lo que no hay que esperar,

ni nada quede oculto a tus ojos.

 

Conocerás a los hombres,

víctimas de los males

que ellos mismos se imponen,

ciegos a los bienes

que les rodean,

que no oyen ni ven:

son pocos los que saben

librarse de la desgracia.

Tal es el destino

que estorba el espíritu

de los mortales,

como cuentas infantiles

ruedan de un lado a otro,

oprimidos por males innumerables:

porque sin advertirlo

los castiga la Discordia,

su natural y triste compañera,

a la que no hay que provocar,

sino cederle el paso

y huir de ella.

¡Oh padre Zeus!

¡De cuántos males

no librarías a los hombres

si tan sólo les hicieras

ver a qué demonio obedecen!

 

Pero para ti, ten confianza,

porque de una divina raza

están hechos los seres humanos,

y hay también la sagrada naturaleza

que les muestra

y les descubre todas las cosas.

De todo lo cual,

si tomas lo que te pertenece,

observarás mis mandamientos,

que serán tu remedio,

y librarán tu alma

de tales males.

 

Abstente en los alimentos como dijimos,

sea para las purificaciones,

sea para la liberación del alma,

juzga y reflexiona

de todas las cosas y de cada una,

alzando alto tu mente,

que es la mejor de tus guías.

Si descuidas tu cuerpo para volar

hasta los libres orbes del éter,

serás un dios inmortal, incorruptible,

ya no sujeto a la muerte.

 

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sábado, 14 de marzo de 2009

UN DESAFÍO A LOS TEÓSOFOS

Todo el que observe los acontecimientos internacionales no dejará de percibir la tensión que existe en todas partes del mundo.   Es algo más que una tensión económica; es más que la tensión industrial entre obreros y patronos; es más que la tensión de una lucha nacionalista y política.   Esos no son más que los síntomas de la subyacente necesidad que siente el mundo de encontrar una respuesta a esos problemas, basada en algo más sólido, más digno de confianza y duradero que cualquiera de las ineficaces "soluciones" del pasado.

No es que los hombres tengan miedo.   Los hombres están dotados de suficiente valor.  

Si la humanidad presenciase la inevitable destrucción del mundo y de la raza, encontrarían heroica guía y probablemente resultasen todos héroes, demostrando así, que están hechos de divina materia.       

Pero los hombres saben que para hacer frente al desastre no es bastante el coraje;  y la gran tensión que sienten, se debe a que se dan cuenta que la destrucción no es inevitable;  porque en el fondo de su naturaleza saben que en alguna parte hay una solución. 

Es la emoción que fuerza a aguardar, la duda señalando que se puede hallar la solución, es el esfuerzo mental de la lucha para encontrar la solución a tiempo.

En  un artículo en la revista de la Universidad de Chicago, un autor decía:

" ...El mundo está inflamado de duda, terror y odio; esa llama sólo puede ser extinguida por el sabio, escribiendo en la soledad de su estudio, pero escribiendo con pasión por el derecho y por el bienestar del mundo"...

El valor del sacrificio, y, de la devoción apasionada con respecto a las necesidades humanas es indudable, pero más adelante en la misma revista otro escritor ofrece una mejor solución.

"  ..No es suficiente enseñarles a los  hombres sabiduría, caridad y tolerancia.  Estos atributos son de la misma esencia de lo que se ha venido enseñando desde hace dos mil años.

"..No será suficiente que los hombres de ciencia se pongan a trabajar para aminorar el choque que en la sociedad produce todo progreso industrial...

"...No será suficiente que el erudito en la soledad de su estudio, escriba con pasión por los derechos y bienestar de los pueblos.   Los anaqueles del mundo están llenos de ese material.

"El hombre necesita, una nueva base de verdades eternas en la cual cimentar una nueva fé.   El hombre necesita nuevos valores, y que una nueva fórmula rija su vida".

Para los teósofos, tal exposición es un incesante desafío.   La fórmula que presenta, no podría describir mejor lo que la Teosofía tiene para ofrecer en Sabiduría.    Nunca urgió más el tiempo .   Nuevas verdades se necesitan que sean básicas y eternas, capaces de cimentar una fé aquí abajo en la tierra, y practicables con un "conjunto de valores para los cuales vivir".  No es esta una mera retórica, sino la expresión de lo que el mundo verdaderamente busca y ansiosamente espera.

La Sociedad Teosófica ha luchado valientemente, ...para expandir la luz, desde que su llama fué encendida en un mundo supersticioso y materialista.   No ha podido evitar las guerras, a pesar de exhibir las básicas verdades, los valores eternos que los pensadores y las instruidas masas de la humanidad reconocen como esenciales para la paz, la vida y la libertad.

Esas verdades básicas no necesitan ser adaptadas a los hombres de ciencia, ni a los educadores, ni a los psicólogos, ni a ningún otro que verdaderamente busca de responder al llamado de la humanidad.   Esos tomarán las verdades básicas, percibirán su importancia y eterno poder y lo aplicarán a la ciencia, a la educación, a la psicología, a todos los actos a través de los cuales aquellos que están interesados en el bienestar de la humanidad buscan ayuda.  Tales hombres en todas las actividades, están tratando de descubrir la subyacente e iluminadora verdad, sin la cual saben ellos que todos sus esfuerzos son vanos.   Si los teósofos dieran esta verdad en toda su potencia y pureza, sus razones harían que esos hombres adaptasen a ella sus pensamientos profesionales.

Sin duda alguna, es muy importante, que los Teósofos sean ampliamente versados en todas las formas de pensamiento relacionados con los diferentes conocimientos.  Sin embargo más urgente es la necesidad de "nuevas y básicas verdades...verdades eternas...de nuevos valores...una nueva fórmula por la cual vivir",...y si estas fueran claramente expuestas, la adaptación profesional, podría dejarse sin ningún peligro a aquel que sinceramente busca ayudar a la Humanidad.

Lo que se le pide a los teósofos, es que conozcan concienzudamente las verdades básicas, y eternas que constituyen nuestro especial campo de conocimiento, las que deben exponer personalmente y a través de las actividades de la Sociedad Teosófica, en toda su pureza, su lógica e inspirante veracidad.   Esas básicas y eternas verdades, poseen un gran poder si se les facilita un canal puro por el que puedan fluir, y, no necesitan disfrazarse, ni ser diluidas, ni tampoco adaptarse a diferentes tendencias.

Los hombres de saber y de percepción buscan lo básico y lo eterno, los elementos para una nueva fé, nuevos valores para una más feliz vida, y no dejarán de reconocerlas si son claramente expuestas.

En Teosofía, esos hechos fundamentales, básicos y eternos en su naturaleza, han sido extraídos de todas las grandes fuentes de la verdad;  de las religiones, de la filosofía, de la misma Naturaleza.

Esta única síntesis e integración responde al llamado de los pensadores de la humanidad.  Esto es lo que el mundo ansía.  Esto que muestra que los hombres son hermanos por naturaleza, que hace comprensible la utilidad de la vida, y la muerte, desposeyéndolas de todo temor, manteniendo la fé de los hombres por la razón, explicando el pasado, y el presente, e indicando un razonable y seguro camino hacia la felicidad;  esto solamente puede aliviar la tensión de la impelente necesidad que todos los hombres sienten y muchos expresan.

El escritor en la revista de la Universidad de Chicago dice más adelante que el germen del egoísmo debe destruirse.

"Es este germen del interés propio que ha hecho inútiles todas las enseñanzas, prédicas y plegarias del pasado.   Este germen es un producto de la naturaleza, que hace del instinto de conservación su primera ley, y que con nuestras enseñanzas, prédicas y ruegos lo inculcamos en el hombre con el propósito  de adaptarle a una buena vida, pero en realidad estos valores no tienen importancia".

Vemos nuevamente lo cerca que la Teosofía está de la solución.   Su filosofía de la fraternidad, sus enseñanzas de una elevada vida y de las órdenes jerárquicas desde el hombre a la súper humanidad, son la misma antítesis de todo egoísmo y la verdadera esencia de todo sacrificio.  Es la Teosofía el único conocimiento que en el mundo moderno enseña la vida noble, no para la propia preservación, sino para el adelanto de la humanidad y para ayudar al mundo a soportar, "su pesado karma", el resultado de su oscuro pasado.

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Artículo extraído del boletín América Teosófica- año 1976

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jueves, 5 de febrero de 2009

LA PROFANACIÓN DE LOS ELEMENTOS

 

Radha Burnier

Hasta la época industrial el hombre se mantuvo limitado a los cinco elementos —tierra, agua,fuego, aire y éter (âkâsha)— que la tradición decía que eran los componentes básicos del universo material. El universoera una fuente perpetua de prodigioy de misterio para la gente de la tierra antes de que la facultad razonadora reclamara el monopolio del conocimiento.

La razón ha sido prolífica con explicaciones que arrojaron una potente y luminosa luz sobre los fenómenos naturales. De manera que el misterio de la naturaleza ha dejado de transportar al hombre hasta el reino en que su mente se combina armónicamente con la naturaleza. Enamorada de sus propias ideas y de sus programas, la mente humana se ha exiliado a si misma de la inmensidad de la poesía y de la profundidad de la Naturaleza. Los elementos que parecían ser divinos en tiempos remotos, se han convertido en meras substancias químicas.

Los antiguos videntes de los Vedas, que compusieron una gran cantidad de himnos en honor de los cinco grandes elementos, los consideraban más que substancias naturales, porque ellos comprendían su cualidad primordial sustentadora de vida. La tradición oculta dice que los elementos físicos tienen su contrapartida en los mundos sutiles, en dirección a lo alto, hacia el mundo espiritual. Los dioses, como Varuna, Señor de las Aguas, y Agni, Señor del Fuego, eran personificaciones de la esencia espiritual de los elementos y del poder que ellos ejercen sobre la vida.

Admitiendo esto, en ocasiones importantes se realizaban ofrendas simbólicas a estos dioses como expresiones de la gratitud y de la adoración del hombre.

El agua, en cualquier forma —lluvia o nieve, río u océano— ha desempeñado un tremendo papel en la vida del hombre. Su cuerpo, así como el cuerpo de todas las demás criaturas, se compone principalmente de agua. El agua purifica y limpia; es necesaria para cocinar; lleva a cabo y realiza miles de funciones distintas en la tierra. Un erudito árabe muy distinguido, al comentar el primer sura clásico o himno del Corán, explica que la existencia del agua en la tierra es suficiente para demostrar que un poder inexplicable opera en todas partes. Pues, ¿qué haríamos nosotros y todas las demás criaturas sin el agua?

Un famoso mantra védico dice:

Oh, Agua, tú eres fuente de bendición. ..

Como amantísima madre nos haces compartir

La más bendita de las esencias que hay en ti.

Asimismo, se dice del Fuego:

Oh, Fuego, condúcenos a la plenitud

A través de buenos caminos.

Oh, Dios, conocedor de todos los senderos.

A ti, el Verdadero Uno, te hacemos esta oblación.

Para los seguidores de Zoroastro, el fuego era el más puro de los elementos, el inspirador de las buenas obras, de los buenos pensamientos y de las buenas palabras. Actitudes similares hacia los elementos pueden encontrarse también entre los pueblos. En China, la lluvia, el trueno, el rayo, etc. eran llamados dioses.

Numerosas leyendas sobre esto enseñaban a la gente corriente un sentido de respeto. La lluvia, por ejemplo, no era un hecho trivial para ser explicado simplemente en términos científicos; era la expresión y la acción de un gran espíritu o dragón fecundador. Tanto en la India como en China, las montañas eran consideradas moradas de dioses. La misma tierra es una deidad cuyo cuerpo físico no debe ser profanado y cuyos productos no deben ser desperdiciados. Los ríos eran sagrados y su belleza era descrita con elocuencia.

A todo esto puede encontrársele un paralelismo en Grecia y en las mitologías nórdicas y en otras. Thor, el rey de los dioses, con su potente rayo es la expresión nórdica de Indra, el Rey de los cielos indio, el cual maneja el arcoiris y choca con el trueno. Estos grandes dioses estaban asistidos por numerosos semidioses y por ayudantes invisibles, representando distintas funciones a cargo de los elementos.

El respeto por todo aquello que pertenece a la naturaleza alcanzaba espontáneamente a la gente que se maravillaba contemplándola. El indio americano amaba la tierra en la que vivía y no soñaba ni en poseerla ni en explotarla, aunque tomaba de ella según sus necesidades y a pequeña escala. Se ha sabido de casos de aborígenes australianos los cuales sintiéndose parte de la tierra y de sus elementos, instintivamente sabían donde podía encontrarse agua debajo de las arenas del desierto.

Por el contrario, la actitud moderna hacia los elementos de la naturaleza es una actitud profana. La idea de conquista y de utilidad ha reemplazado el profundo sentido de prodigio y de culto que existía en relación a la tierra, a las aguas, a las montañas y a los fenómenos naturales de toda clase. El resultado es que el hombre se está infligiendo un daño infinito a si mismo. En lugar de rendir culto a los ríos y utilizar sus aguas para purificarse, las contamina con desperdicios químicos, aguas residuales y elementos radiactivos. Nombres como Chernobyl, Bhopal y el Rhin, han adquirido un mero significado implicando desastres de diversas clases. Los esfuerzos para desviar el curso de los ríos, minar la tierra y hacer un uso avaricioso de los distintos elementos, han acarreado nuevos problemas y han causado serios peligros. La destrucción de los bosques es causa de una desastrosa carencia de alimentos.

Para el hombre moderno el enfoque de los antiguos y de la gente sencilla de la tierra puede parecer superstición. Los textos antiguos han advertido al hombre para que no corte jamás un árbol a menos que sea absolutamente necesario, e incluso entonces, que pida perdón al deva que cuida del árbol. El hombre moderno no cree en semejantes guardianes de los hijos de la naturaleza. Pero ya es tiempo de pensar de nuevo en estas cosas. Puede haber mucha más sabiduría mirando la naturaleza con admiración y respeto y rindiendo culto a sus elementos, que mirándola con ojos profanos que sólo ven objetos de explotación en todas partes. ¿Puede invertirse esta tendencia por medio de una nueva educación de los sentidos y de una clase distinta de sensitividad?

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lunes, 12 de enero de 2009

Concepción, embarazo y parto a la luz del ocultismo

Mayor información aqui: http://www.editorialcreacion.com/

Concepción, embarazo y parto a la luz del ocultismo

Este libro está dirigido a las personas que creen y saben que el ser humano es mucho más que un cuerpo físico. A los que saben y sienten que tenemos un origen divino, que traemos una serie de valores y un propósito a este mundo, y a los que siguen el sendero de la tradición esotérica y espiritual perenne. Y, siguiendo ese camino espiritual, han decidido traer al mundo un nuevo ser, un espíritu evolucionado que encarnará, y desean darle lo mejor para que su entrada en nuestro mundo material se produzca de la mejor manera. Que no pierda eso sagrado que trae y a la vez aprenda y experimente lo que el plano físico le proporciona al espíritu, experiencia que con el tiempo ha de transmutarse en sabiduría.

También encontrarán los lectores aspectos relacionados con: cómo crear un ambiente sano en el hogar, la sexualidad sagrada, los misterios de la vida psíquica del bebé durante su gestación, el parto natural o la maternidad y la paternidad: todo esto a la luz de la ciencia esotérica. Además de una recolección de muchos años de lo que

diferentes tradiciones espirituales, en especial las de occidente, nos han dejado al respecto de la concepción, el embarazo, el alumbramiento o la educación, dando claves concretas para problemas cotidianos y otorgándonos una guía que ayudará en el esclarecimiento de conflictos que están a la orden del día en la vida moderna. En definitiva, es una guía para conciliar la vida espiritual con la vida familiar, creando un vinculo de armonía entre ambas formas de afrontar la vida.

ÍNDICE (capítulo, pagina)

Prólogo 9

Capítulo I 13
Un poco de historia 13
El conocimiento esotérico en los tiempos modernos 14
Capítulo II 19
Sexualidad sagrada 19
El milagro de la concepción 24
Consejos para la concepción 33
La unión espiritual, cómo realizarla 37
Capítulo III 44
Influencia psicológica en el embarazo 44
Influencia espiritual en el embarazo 47
Naturaleza oculta del ser humano 49
Capítulo IV 54
Preparación para ser Padres y Madres 54
Edad y maternidad 56
Sueños 57
Elección del nombre 59
Una invocación de ayuda 60
Capítulo V 64
Canto y Música 64
Canción de bienvenida 64
Música para la gestación 65
Capítulo VI 69
Ejercicios y prácticas para la embarazada 69
Recomendaciones durante la gestación 86
Capítulo VII 91
Parto 91
Puerperio 93
Capítulo VIII 95
La leche materna, alimento sagrado 95
Práctica de amamantar conscientemente 97
Capítulo IX 100
Nuevos niños para un nuevo mundo 100
Educación integral 105
Astrología, carácter y educación 117

Epílogo y Conclusiones 119

viernes, 14 de noviembre de 2008

El significado oculto de la sangre

Por Rudolf Steiner

ImageLa sangre es un fluido muy especial

Todos sabréis, indudablemente, que el epígrafe de esta obrita está tomado del Fausto, de Goethe. En dicho poema se dice que Fausto, el representante del más elevado esfuerzo humano, entra en un pacto con los poderes malignos, representados, en dicha obra, por Mefistófeles, el emisario del Infierno. Fausto está a punto de firmar un contrato con Mefistófeles, quien le pide lo firme con su propia sangre. Fausto, al principio, lo mira con curiosidad; pero sin embargo, Melistófeles emitió la siguiente sentencia que Goethe deseaba se considerara con toda seriedad: “La sangre es un fluido muy especial”.

Ahora bien, con referencia a este pasaje del Fausto de Goethe, nos encontramos con un rasgo curioso en los llamados comentadores de Goethe. Por supuesto, la literatura referente a la versión que de la Leyenda del Fausto hace Goethe es enorme. Es una literatura de tan estupendas dimensiones que se necesitarían bibliotecas enteras para almacenar tanto libro, y naturalmente, no nos es posible detenernos en los varios comentarios hechos por esos intérpretes de Goethe sobre ese pasaje particular.

Ninguna de las interpretaciones sugeridas arroja mayor luz, sobre la citada sentencia, que la explicación dada por uno de sus últimos comentadores, el profesor Minor. Él, como los demás, habla de la misma como si se tratara de una observación irónica de Mefistófeles, y refiriéndose al asunto hace la siguiente indicación, realmente curiosa, a la que es necesario prestar la mayor atención, porque es de sorprenderse el oír las extrañas conclusiones a que son capaces de arribar los comentadores de Goethe.

El profesor Minor hace notar que “el Mal es un enemigo de la “sangre” y añade que, como la sangre es la que sostiene y preserva la vida, el Mal, que es el enemigo de la raza humana, debe ser, por consiguiente,” el enemigo de la sangre”. Entonces –con toda exactitud- llama la atención sobre el hecho de que aun en las más antiguas versiones de la leyenda del Fausto -como sucede con toda las leyenda en general- la sangre siempre juega el mismo papel.

ImageEn una antigua obra sobre la materia se relata circunstancialmente que Fausto se hizo una pequeña incisión en la mano izquierda con un cortaplumas, y que al tomar la pluma para firmar el contrato la sangre que brotaba de la herida formó las siguientes palabras: “¡Oh, hombre!, escápate”. Todo esto es bastante auténtico; pero ahora viene la observación de que el Mal es un enemigo de la sangre y de que, por esta razón, Mefistófeles exigió que la firma se escribiera con sangre. Sería de preguntar cómo es que alguien desea una cosa por la que tiene tanta antipatía. La única explicación razonable que puede darse, no solamente sobre el significado de este pasaje de Goethe, sino también con referencia a todas las demás leyendas que tratan del asunto, es que, para el diablo, la sangre era algo muy especial y que no era, en manera alguna, cuestión de indiferencia para él que el contrato se firmara con tinta ordinaria o con sangre.

Puede suponerse que el representante de los poderes del Mal cree o, mejor dicho, está convencido- de que tendrá a Fausto más sujeto a su poder si puede obtener, aunque no sea mas que una gota de su sangre. Esto es evidente, y nadie puede dar otra explicación al asunto. Fausto debe escribir su nombre con su propia sangre, no porque el diablo sea enemigo de ella, sino, más bien porque desea obtener poder sobre la misma.

Ahora bien, en ese pasaje se oculta una observación digna de tenerse en cuenta: que el que obtiene poder sobre la sangre de un hombre obtiene poder sobre el hombre mismo y que la sangre es un “fluido muy especial”, porque es por ella que debe ganarse la batalla, por así decirlo, la lucha que se realiza en el hombre entre el bien y el mal.

Todas esas cosas que nos han legado las leyendas y los mitos de las diversas naciones, y que se refieren a la humana vida, sufrirán un día una transformación peculiar, referente a la plena concepción e interpretación de la humana naturaleza.

ImageHa pasado ya el tiempo en el que las leyendas, fábulas y mitos se miraban como expresiones de la infancia de los pueblos. Ciertamente hemos ya pasado la época de semi-ignorancia, cuando se decía irónicamente que las leyendas eran la expresión poética del alma nacional.

Cualquiera que haya observado alguna vez el alma de un pueblo habrá visto que no se trata de ficciones imaginarias o cosa análoga, sino de algo mucho más profundo, y que es un hecho que las leyendas y tradiciones de los diversos pueblos son expresiones de poderes maravillosos y de extraordinarios acontecimientos.

Si, desde el nuevo punto de vista de la investigación espiritual, meditamos sobre las antiguas leyendas y mitos, dejando que esas hermosas y potentes imágenes que nos han transmitido los tiempos prístinos obren sobre nuestras mentes, encontraremos, si nos hemos capacitado para nuestra obra con los métodos de la ciencia oculta, que esas leyendas y mitos son expresiones de la más antigua y profunda sabiduría.

Es muy cierto que al principio nos sentiremos inclinados a preguntar cómo es que, en un estado primitivo de desenvolvimiento y con ideas aún infantiles, pudo el hombre representarse los enigmas del universo por medio de esas leyendas o cuentos de hadas, y cómo es que, cuando meditamos sobre ellos, vemos en esos relatos lo que las investigaciones ocultas actuales nos están revelando con mayor claridad.

Artículo completo aqui: Revista Biosofia

 

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domingo, 9 de noviembre de 2008

Novedades en Upasika

Ya está disponible en www.upasika.com el nro. 5 de ATENEA:


* ¿Gigantes de la Atlántida o Photoshop? (Frater Phileas)
* El camino del Arte (Frater Phileas)
* ¿Qué hay de errado con la política? (Arnaldo Sisson)
* La Emperatriz del Tarot (Frater Phileas)
* A rescatar el romanticismo (Leonardo Boff)
* La maldición de la momia de Samael (Frater Ox)
* Lovecraft: Poeta de mundos paralelos (José Rubio y José Miguel Cuesta)
* Wikipedia e "igualitarismo" (Frater Phileas)
* Ejercicios con la energía arbórea (Tir-Na-Nog)
* El cine con otros ojos
* Humor de Alberto Montt

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domingo, 19 de octubre de 2008

El Maestro Gurdjieff

 

image

El hombre es buscador de nacimiento. El no lo sabe. pero sí lo es. Y la presencia del Maestro evoca en él la búsqueda y la vivifica.

La experiencia misma estaba más allá de toda interpretació n ordinaria. Algo se ofrecía a nuestro entendimiento, pero era como despertar en medio de un fenómeno que no podía compararse con los fenómenos habituales, y sentirse como integrado en él, libre de toda preocupación por explicar o describir, era más bien vivir la experiencia como el Maestro nos hacia sentir que la vivía él.

A veces había como… iba a decir una complicidad, una inteligencia evidente entre él y nosotros; estábamos juntos, implicados en la experiencia, por un rato, y eso era lo que al fin predominaba.

Pero luego quedaba algo que era la prueba de lo que se había vivido con él, y dejaba muy atrás toda las explicaciones que se pudieran dar.

Había que tratar de revivificar esa experiencia, de revivirla con todo lo que llevaba consigo de falsa satisfacción, y de inútil desaliento. Pero aquí y ahora ¿cómo volver a encontrar esa intensidad?

Eso es lo que sin cesar se propone, y es evidente que después de tantas tentativas infructuosas, algo persiste, invitándonos a probar y probar, una y otra vez, sin hacernos ilusiones… y sin esperar a toda costa un resultado.

Pero intentar de veras conservar esa disposición, intentar mantenerse en estado de receptividad, eso es lo que podemos sentir de un trabajo que se hace en nosotros, a condición de no pretender dirigirlo. No somos dueños de ello. no soy yo el Amo, y sin embargo reconozco que se me ofrece a mí…

Lo que acaso corresponda a una afirmación de mí mismo más justa, es esta visión. Intentar, intentar la experiencia, sin pretender dominarla, pero así y todo, intentarla. Cultivar esa disposición a vivir la experiencia, entrar en la experiencia y mantenerme en ella.

Gurdjieff insistía en que no debemos hacer nada sin tratar de comprender lo que estamos haciendo. El hombre debe experimentar por sí mismo la verdad de lo que se le enseña.

En los Relatos de Belcebú se nos convida desde el principio a despertarnos a esa nueva comprensión. Los Relatos no empiezan de improviso. Les precede una introducción que se titula “El Despertar del pensar” y a lo largo de los capítulos se dedican páginas enteras a una Enseñanza cuyas verdaderas perspectivas aparecerán en las “Conclusiones del autor”.

Después de más de cincuenta años de morir el Maestro, hay una enorme diferencia entre lo que eran los grupos en la época de Gurdjieff y lo que pueden representar hoy.

El tenía en cuenta, evidentemente, la diversidad de nuestras interpretaciones de lo que él sugería… y se ingeniaba para utilizarlasconscientemente.

Ahora, por supuesto, ya no es lo mismo que cuando aquello era vivido y dirigido por el Maestro. Pero, por muy inevitables que sean las desviaciones, para nosotros hay algo que da fe de que su influencia sobrevive.

¿Cómo mantenerse abierto?

Se nos pregunta hasta qué punto la intimidad del trabajo sobre sí mismo puede prestarse a ser confiada al público. Sobre eso existe un malentendido harto evidente que puede adoptar muy diversas formas. Pero a lo que soy más sensible es a la relación con nuestro Maestro, y la manera que tenía de poner a prueba nuestra capacidad de comprender.

En una forma u otra, esto pone en tela de juicio las tareas que me han propuesto y que he procurado cumplir durante muchos años.

He venido a llegar al cuestionamiento de la concepción del Trabajo, y de ello se pueden encontrar ecos en algunos textos, sea en entrevista o en escritos que he tratado de elaborar.

Hay un malentendido, muy a menudo, en cuanto se trata de un trabajo que hacer. Es una especie de movilización, de una responsabilidad que uno asume, de un “trabajo” que tengo que hacer. Quiero movilizarme, de distintas maneras, para poder hacerlo, puesto que es lo que se me propone.

Y a partir de ahí, ¡ cuántos testimonios cuando un grupo se reune, cuánto derivar, y después, cuántos comentarios sobre el trabajo !

Y en medio de todo eso, parece que algo queda descuidado, ignorado. Y es que el verdadero Trabajo, no lo hacemos nosotros. Se hace en nosotros. Y esto, naturalmente, con la ayuda del Maestro, pero trasciende incluso la ayuda del Maestro.Algo se trabaja en nosotros, que obedece a imperativos totalmente diferentes de aquellos a los que solemos plegarnos.

En todo caso, algo responde mejor a la verdadera demanda, y consiste en sentirse “en trabajo”, como una madre… Estar “en trabajo”, sentirse “trabajado” y estar más precavido ante lo que puede poner eso en peligro. Lo cual evidencia más aún que esa especie de intervención. de desvío, siempre es posible…

Entonces, por supuesto, aparece el otro obstáculo, que es una suerte de pasividad, de espera. “Sí, voy a ser trabajado. Sí, bueno, muy bien… Vamos a esperar y ya veremos.” Y en seguida surge otro desvío, otra forma de comodidad.

Pero si se vuelve a lo que se ha reconocido como esencial, entonces se mantiene una interrogación casi permanentemente. “¿ Estoy verdaderamente dispuesto para el trabajo que se hace en mí ?” Me voy volviendo más sensible a lo que interfiere, a lo que prácticamente inutiliza la operación, así como a ciertas actitudes que voy desarrollando a favor de ese llamado “trabajo”, y así sucesivamente…

Esa pregunta de estar dispuesto para el trabajo es el resultado de un proceso, pero no el comienzo de la búsqueda, tal como lo entendemos. Todos estos desvíos podrían ser de orden preparatorio.

Se podría, entre paréntesis, ver como corresponde un cuestionamiento así con lo que sucede al ir descubriendo un oficio: el joven aprendiz está ahí, con su ansia de empezar a actuar, y va notando lo que se hace, lo que el patrón puede hacer, lo que el maestro de taller procura mostrarle, y de ese modo se expone a comprometerlo todo, intentando conducirse según lo que le parece comprender. Muy a menudo hay una fase intermedia. Fracasada esa primera tentativa, o bien comienza una espera indefinida que puede durar hasta el final, o bien una búsqueda nueva, totalmente distinta, como para ponerse a prueba abriéndose a la posibilidad de comprender mejor las condiciones mismas de un crecimiento, de una capacitación. Abundan los testimonios de esa índole en los escritos de los Compañeros del Deber.

Es como si este trabajo fuera como una preparación para asimilar cierto tipo de alimento. No se pueden asimilar desde el principio todos los componentes de ese alimento. Se necesita afinar la sensibilidad.

Eso tiene una resonancia en el recuerdo de esos años de participación en el trabajo. Es indudablemente una de las formas del trabajo que se hace en nosotros, cuando no lo esquivamos, sino que seguimos abiertos a lo que todavía no ha sido verdaderamente percibido. Se presiente que aún así, está presente en potencia.

En la mirada del señor Gurdjieff y en la atención con la que seguía nuestras tentativas de comprensión, algo nos estaba midiendo constantemente; “¿Estará preparado o no? ¿Le ofrezco algo o lo dejamos para más tarde?” Y en determinados momentos se arriesgaba.

¡Qué mirada iba poniendo en unos o en otros !... ¡ Ah ! Sabía que algunos comprenderían y otros no. Lo tenía en cuenta y se arriesgaba a cada momento. Eran riesgos “conscientes”. ¿De qué manera lo vivieron unos y otros ?

A veces, cuando uno escribe o contesta a preguntas acerca de la enseñanza del señor Gurdjieff, tiene que vivir una especie de resonancia, aunque muy lejana, de las situaciones en las que él se encontraba; y muchas veces decía cosas por el estilo de “Sé que no debería decírselo, pero…” Y a aquello nos aferrábamos de nuevo, más aún. Y para algunos era origen de despropósitos enormes, y otras veces era como un nuevo nacimiento, nacer de nuevo al trabajo. Como en la parábola del Sembrador había terrenos de todas clases.

En los Relatos de Belcebú hay muchas referencias al “proceso de destrucción mutua”. Todos los Mensajeros de lo Alto han intentado hacer comprender al hombre que el Cielo reclama un sacrificio.

Esto me hace pensar forzosamente en el “esfuerzo consciente” y el “sufrimiento voluntario”. Hablar o escribir sobre esto probablemente no sirva para nada; tal vez haga falta pasar una vida entera junto a otros compañeros de incomprensión, de malentendidos.

Otra alusión que hay que retener: la noción de “Purgatorio”. Es una cosa que casi siempre se entiende mal: El Purgatorio… ¡ Qué maldición ! ¡ Qué condenación !” Es el prefacio al Infierno. Y pocos son los que descubren en él el inicio de una verdadera transformació n. Es evidente que los últimos capítulos de Belcebú arrojan cierta luz sobre todo esto. Pero es curioso: han de transcurrir años después de la primera lectura de Belcebú, para que esos últimos capítulos muestren las perspectivas que van a hallar un eco en el lector.

La cuestión no deja de ser “el recuerdo de sí”. Se presiente como el gran misterio, y a la vez como la respuesta real, definitiva. Pero en seguida se empieza a perder el rumbo. Hay “llamada” y respuesta a la llamada. Si la llamada ha resonado de veras. la respuesta no puede menos que venir. Y luego sigue la ejecución, que traduce en forma de comportamiento lo que ha sido el impulso suscitado por la llamada.

La primera respuesta suena como un acorde justo, en cierto sentido.

Y en seguida vuelve la incertidumbre. Una de sus formas más flagrantes consiste en asumir responsabilidades en falso, como quien se atribuye la capacidad de responder, y en seguida exige que los demás hagan lo mismo.

Y por otro lado está “el buscador de la verdad”, el que mantiene vivo el cuestionamiento, el que procura elegir y reconocer lo que suena ajustado en las respuestas que recibe, y en las que le ofrece tal cual tradición, y las experimenta, prueba a experimentarlas; el que decide: “No. todavía no es esto, se trata de otra cosa”, y sigue buscando y buscando.

Lo que el señor Gurdieff nos revela de su vida de buscador es un perpetuo cuestionarse y volverse a cuestionar, no sólo al principio. sino hasta el fin.

Y a la vez el reconocimiento de una respuesta percibida de cierta manera en un momento dado y de otra manera en otro momento, pero en eso también hay una continuidad.

La respuesta se da desde el comienzo y es recibida en una forma u otra, o en una tercera… o décima. .. que se contradicen más o menos entre sí. Es de otra dimensión que lo que percibe habitualmente.

Habría que hacer sitio a las diferentes etapas en el camino del buscador de la verdad. Puede ocupar un lugar cierta identificació n con el cuidado de ceñirse verdaderamente a lo que ha sido propuesto, tal como se ha comprendido.

A falta de esto, se corre perpetuamente el riesgo de derivar.

Hay quien dice, así, de paso: “¡ Ah, eso es interesante ! Pero también hay otras cosas, esto, y esto otro”. Y así puede permanecer indefinidamente. Cuando hay de veras la tentativa seria de una experiencia que corresponde a lo que se ha recibido, tampoco es un fin en sí, tiene que seguir abierto a nuevas interrogaciones que permitan ir más lejos, acercarse a lo que se ha sentido desde el principio, pero que se debe sentir de manera cada vez más acorde. según se va desarrollando la experiencia.

Mantenerse abierto, eso es lo importante. No abierto a cualquier cosa, sino abierto a lo que se ha captado como una orientación, una dirección. Eso es lo que nos revela la Tercera Serie de los escritos del señor Gurdjieff, más allá de todas las posibles cavilaciones del lector.

El cuarto camino del que habla el señor Gurdjieff no se puede aprehender como funcionalmente definido. ¿No iremos a extraviarnos por un camino errado aludiendo a lo que se puede observar al final de este siglo, en el que han venido a ser posibles comunicaciones e intercambios entre representantes de los grandes caminos espirituales?

En el desorden general, este riesgo de confusión tiene su contrapartida en lo que se puede percibir como sumamente justo en las reflexiones y los comportamientos de ciertos representantes de las grandes corrientes espirituales. Entonces ¡ ojo a un nuevo peligro ! “Desde luego, a partir de ahí, reuniendo todo eso, vamos a encontrar al fin un camino coherente que se podrá proponer a todos…” Lo cual es una manera de poner en peligro, si no de pervertir, lo que tienen de específico los verdaderos buscadores de la verdad.

El hombre siempre desea una respuesta, pero la verdadera respuesta es volver a la pregunta. Cuando alguien decía: “ Señor Gurdjieff, usted ha dicho tal cosa, yo he probado a…” en pocos segundos se lo echaba por tierra. Otras veces el comienzo de la respuesta contenía todavía tantas preguntas, que otra vez estaba todo en cuestionamiento, había que continuar, a veces alentado por él. Pero estamos muy lejos del esquema “Pregunta – Respuesta” indudablemente.

Esto nos lleva a un nuevo enigma, y podría llevarnos también a un modo de respuesta demasiado fácil. Lo que acaso pueda ayudarnos más es la recomendación de estar precavido contra toda conclusión.

Podríamos decir entonces, de manera enteramente práctica, que la enseñanza del señor Gurdjieff iba en esa dirección. También podríamos recoger ejemplos, rememorando sus respuestas a algunos de nosotros: “Muy bien, eso es, muy bien. Ha comprendido muy bien, siga, etc…” Y era un nuevo riesgo el que se presentaba, porque, naturalmente, se desdecía en cualquier momento:: “Usted no ha comprendido nada…”

Esta enseñanza, tal como fue propuesta y vivida, consistía, más que nada, en mantener la interrogación.

Una de las cosas que más me llaman la atención en la manera que tenía el señor Gurdjieff de despertar un estado de cuestionamiento, son las afirmaciones perentorias, como por ejemplo, : “La verdad no se puede transmitir más que en forma de mentira.”

“¡ Los buscadores de mentiras !” Motivo de asombro y de rechazo por parte de los recién llegados.

Cuando le hacían una pregunta, después de echar una mirada, decía: “¿Yo he dicho eso ? ¡Nada de eso !”, cuando era exactamente lo que había dicho unos días antes. Su manera de escrutar las reacciones de unos y otros; tanto de los que reaccionaban fuertemente en contra, como de los que en seguida decían a todo que sí y admitían inmediatamente los cambios de perspectiva…

Él sí que no tenía el más mínimo temor a contradecirse.

Al parecer, también se cuidaba mucho de otra cosa que esas contradicciones, puesto que daba a un principiante la impresión de una coherencia increíble. En esa coherencia, que no es la de la lógica, se sospecha que hay un secreto. Que se abre, entre otras cosas, a un descubrimiento entre las compatibilidades y las incompatibilidades entre “ser” y “hacer”. Descubrimiento en el que, primero, se siente como un callejón sin salida; en seguida se ve lo que comienza a tener vida en ese algo que no contrapone “ser” y “hacer”, y permite sentir lo que ha pasado dentro de él en ciertos momentos en que “ser” y “hacer” parecían estar en contradicción absoluta, y en cambio algo estaba allí llamando por un lado o por el otro, dejando entrever una posibilidad de reconciliació n de aquella oposición que a primera vista parecía total.

Algunas reflexiones de la peculiaridad de esta enseñanza

Si "peculiaridad" significa "Eso que es único", en la enseñanza de Gurdjieff, la eliminaremos rápidamente. Esta formulación no es en absoluto, como se podría temer, una afirmación tendenciosa y excluyente. Aquello que hay de único en un camino de búsqueda espiritual, es simplemente la forma del enfoque y la percepción de la realidad. Esto es justamente lo que está permitido vislumbrar en esta enseñanza, más allá de las formas, experiencia y búsquedas, que sugiere.

Esta facultad de orientación que tiende a nacer en nosotros, es tal vez una de sus vocaciones más evidentes. Es también la necesidad primaria, considerando su posición natural respecto a las grandes estructuras tradicionales que la vuelven al mismo tiempo solidaria con todas, e inconciliable con algunas de ellas. En relación a esto me siento más cercano a eso que le es "peculiar", en la misma medida en la cual me siento con ganas de colocarme interiormente en relación a lo que se me ofrece desde el exterior.

Debidamente cultivado, este olfato espiritual debe permitirnos con el tiempo reconocer el grado de autenticidad de la formas de experiencia que se proponen a nuestra búsqueda.

Suponemos que esta forma se nos revele como portadora de una verdad, de naturaleza similar a la que se nos dio a conocer bajo la influencia directa de Gurdjieff. Esta relación no dejará de captar lo mejor de nuestra atención y nuestro interés, incitándonos seguir su estudio. Pero esto no nos autorizara en lo absoluto a sacar conclusiones a favor de una identidad o de una afiliación y mucho menos jugar con el rol de aprendices de brujos.

Y, en caso contrario si esta forma nos parece absurda, peligrosa o ilusoria, será una valiosa ayuda para una mejor toma de consciencia, lo que es esencial para preservar y evitar el riesgo de graves errores y falsificaciones en los que incurrimos nosotros mismos, sin una pauta en nuestras interpretaciones.

Advertidos del peligro y de frente a la infinidad de aspectos bajo los cuales se aparece lo que hay de "único" en esta enseñanza, tendremos que buscar la garantía de una orientación justa y naturalmente es en su mismo origen que iremos a buscarla.

La enseñanza de Gurdjieff tiene su origen en lo que el llama: “El cuarto camino”.

Es necesario aclarar que una escuela del cuarto camino no tiene una forma definitiva, lo que significa que no tiene dogma, ni rito, en el sentido tradicional.

Estos desaparecen incesantemente, e incesantemente deben ser encontrados y reencontrados.

No impone ninguna renuncia previa, pero requiere, en el marco de una vida ordinaria, un conjunto de condiciones apropiadas, enfocadas en el verdadero trabajo sobre sí mismos.

Se abre una perspectiva de trasformación profunda del ser a través del despertar y la consciencia de sí.

Implica para el hombre una búsqueda sincera de la verdad, la realización de su propia “nulidad”, el recurrir al esfuerzo - al super esfuerzo – en vista del desarrollo de su poder de consciencia. Le permite también el descubrimiento y realización de algunas potencialidades escondidas, a través de la activación simultánea y conjunta de sus capacidades intelectuales, emocionales y físicas, como resultado de una concentración voluntaria en la lucha, donde él es el campo de batalla entre sus tendencias positivas y negativas…

Esta lucha perpetua se verifica, en todo buscador, según el principio de relatividad que gobierna las relaciones de diferentes niveles de energía del hombre y del universo.

Pero entre estas líneas de fuerza del cuarto camino, lo que se afirma como primera instancia como absolutamente esencial de esta enseñanza, es que esta coloca delante del hombre, antes que nada la exigencia de una “comprensión” y que “el hombre no debe hacer nada sin entender”, y debe asegurarse por sí mismo de “la verdad que le es dicha”.

Esta exigencia primaria es una fuente de numerosas equivocaciones. Debemos regresar sin descanso al sentido que Gurdjieff da a esta necesidad imperiosa de una “Comprensión vivida” en la cual el “Ser” se desempeña internamente. Está lejos de la falsa exigencia del hombre ordinario, que se arroga el derecho de reducir cada verdad al sistema de explicación que gobierna los movimientos de su pensamiento asociativo.

Además, el acento está en el “hombre” en su búsqueda individual de la consciencia y sobre “El Trabajo” que es necesario hacer para conocerse, para transformarse y realizarse completamente.

Aquellos que cuidan las tradiciones se apuran a denunciar una tendencia al humanismo generador de las más nefastas desviaciones.

Al olvidar con frecuencia sus perspectivas cósmicas y metafísicas se arriesga reducir “El Trabajo” a una especie de búsqueda psicológica sin relevos, mientras en otros estimula los impulsos latentes pseudo místicos y sin contenidos reales.

Un lugar importante está entonces reservado por Gurdjieff a la meditación profunda y al silencio, como regreso a la fuente misma de cada conocimiento. Se trata seguramente de una práctica espiritual en la cual la visión teórica indispensable no está arbitrariamente separada de un contacto vivificante con la experiencia en curso, como ella viene vivida y experimentada.

El esquema que se manifiesta muy a menudo de una "búsqueda individual" demuestran la urgencia de una tarea imperiosa: “asimilar” lo esencial de las ideas, con la finalidad de no desnaturalizarlas y de comprender cuanto antes la finalidad del maestro, principio de equilibrio sin el cual “El Trabajo” no podría existir.

Esfuerzo de comprensión y verificación de las ideas, eso es lo que aparece con claridad en esta enseñanza: El crecimiento del “Ser” requiere en efecto un conocimiento directo y un dominio gradual de los movimientos de nuestra energía, en sus diversos planos de manifestaciones.

Pero en definitiva lo que hay de único y de insustituible en la enseñanza de Gurdjieff, es Gurdjieff mismo.

Nada más evidente, ciertamente, para quien vivió esta experiencia cercana a él y se siente naturalmente, llamado a dar testimonio.

Algunos años después nos dejó para siempre.

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Sin embargo... como no sentir perpetuarse en nosotros su intima presencia, como una fuente permanente del recuerdo de sí?

¿Que hay que permite en la influencia del maestro, de perpetuarse una vez que él desaparece?

No es tanto una "ortodoxia" cuanto una forma de percepción heredada, con la que debería transparentarse cada cosa, al centro de las experiencias más intimas como al nivel de la existencia cotidiana.

Pero no tardamos en sentirnos desbordados por todas partes… y lo desconocido vuelve a prevalecer. Con el tiempo, estamos invitados a percibir este don como un enigma y como un desafío…

Eso es lo que no cesa de sugerirnos, bajo las más diversas formas en “Cuentos de Belcebú a su nieto”. Primero “La recomendación benévola”, un preámbulo para el lector, seguida del “Despertar del pensamiento” hasta las “Conclusiones del autor”.

La aventura continúa en profundidad. Esta conserva en nosotros la evidencia de una permanencia secreta: “La consciencia” que no cesa de ofrecerse a nosotros. Para acogerla, para tomar parte en ella, para conservarla y testimoniar, cuántos esfuerzos se han de intentar una y otra vez, cuántos “Super esfuerzos”…

Esto es lo que Gurdjieff llama “El Trabajo”.

Henri Tracol

Extractado por Pier Giorgio C. de

Bruno de Panefieu.- Gurdjieff.- Textes recueillis

Editorial Riza

H. Tracol.- Buscador de Conocimiento. -

Editorial Ganesha

lunes, 6 de octubre de 2008

MENTE Y CORAZÓN

Narciso Lué (Extraído de Revista Hermética No. 42)

El estado humano se yergue sobre tres condicionantes: el origen de su vida, la continuidad de esa vida, y la extinción de ella. Todo está vinculado a la vida que reúne los tres condicionamientos primordiales. Otras opiniones afirman que los condicionamientos del estado humano son la vida y la mente, aunque en un sentido extensivo se puede considerar que tales cualidades son también atribuibles a las especies animales, en el bien entendido que por mente se debe implicar no sólo la inteligencia sino también la razón y hasta los componentes más elementales que permiten a los animales distinguir conductas y seleccionar distintos comportamientos en función de las reacciones del medio.

Pese a lo dicho, y entendiendo por mente todas las manifestaciones de la psique desde las más ponderadas como el movimiento lógico de la razón hasta la más simple reacción por acción de los animales, hemos elegido el estudio de la mente por lo que importa en sí misma y para reflexionar sobre ella en comparación con la inteligencia referida de modo especial a la conciencia. Es una exigencia comprensible el delimitar con precisión lo que se podría designar como “función mental” en sentido muy general con residencia en el cerebro, distinguiéndola de la “función intelectiva” que reside en el corazón. Es una dicotomía que en lo que se suele llamar sophia perennis es algo bastante conocido y admitido su contenido, pero que es una expresión que suele ser atribuida a la línea de pensamiento aristotélico-tomista por los teólogos católicos como expresión exclusiva de la teología cristiana. Como quiera que esta sabiduría es bastante más antigua que la teología cristiana en sus diversas vertientes incluyendo la católica, como es natural, la usaremos sabiendo lo que decimos y solicitando que en el mejor de los casos se admita a la sabiduría perenne como expresión de titularidad humana, sin distinciones ni exclusivismos para nadie.

En el Capítulo LXX de su obra Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada, René Guénon se complace en trascribir algunos párrafos de un artículo que en el año 1926 publicó la señora Th. Darel en la Revista Vers l´Unité donde esta autora evidencia una notable cercanía de su pensamiento con el de Guénon o, para ser más precisos, con la Tradición Primordial muy desatendida en Occidente. Obviamente, no reproduciremos los párrafos seleccionados, pero no podemos dejar de comentar algunas frases dignas de elogio. La señora Darel considera que el cerebro es propio del reino animal íntegro, mientras que “el corazón, por un aspir y un expir secreto, permite al hombre, permaneciendo unido a su Dios, ser pensamiento vivo”. A estas reflexiones añade Guénon un comentario: “El lector avezado habrá descubierto aquí la idea del corazón como centro del ser”, añadiendo que es dable “considerar corazón y cerebro como dos polos en el ser humano”. Concluiremos con algunas de las mejores frases del artículo de la señora Darel, como cuando expresa: “En el hombre, la fuerza centrífuga tiene por órgano el cerebro, la fuerza centrípeta, el corazón. “El corazón es, en nuestra opinión, la sede y el conservador de la vida cósmica”.

Este traslado desde el cerebro al corazón del aspecto más destacado y noble de la condición humana puede resultar sorprendente para muchos y decepcionante para muchos más porque, entre otras cosas, es menester revisar ciertas verdades nacidas del sentimentalismo romántico que realiza verdaderos esfuerzos intelectuales para sostener que los sentimientos se acunan en el corazón y de entre ellos, el amor, como el más importante para las relaciones humanas y los signos de solidaridad. Nadie ha podido demostrar con auxilio de las ciencias particulares que sea el corazón la residencia de tales sentimientos y en general de todos los que el ser humano sea capaz de experimentar. Tampoco ha sido demostrado por trabajos intelectuales que al menos den paso a la posibilidad de una discusión abierta a ese respecto. Sin embargo, en el día de los enamorados se sigue echando mano a los corazones atravesados por las fechas de Cupido. Son los mitos indestructibles que pese a su falsedad se resisten a ser derrumbados por la sensatez, ya que en tal caso es ocioso pensar en una evidencia racional.

Del mismo modo que el corazón se agita frente a ciertos episodios de la vida, también el cerebro se ofusca y termina con los consabidos “dolores de cabeza” ante situaciones comprometidas de la vida cotidiana y ni en un caso ni en el otro, tales reacciones puramente fisiológicas deben servir para definir de modo irrebatible lo que reside en el corazón y lo que en el cerebro. Un arrebato es capaz de producir un infarto, y no por ello afirmaríamos que tales sensaciones se producen en el corazón si la causa del arrebato fuera la ruptura de una relación amorosa, por ejemplo o salvar un peligro de muerte. A veces, el arrebato produce una embolia cerebral lo que permitiría afirmar que tales efectos no son propios del corazón sino del cerebro. Como se advierte, ni en un caso ni en el otro se puede dar una regla inflexible porque no es hasta hoy demostrable que los sentimientos, incluyendo el amor, tienen su residencia en el corazón. Cuando decimos “indemostrable” nos referimos a los métodos de las ciencias físicas y no a la metafísica.

La mente del hombre en su complejidad es capaz de discurrir, discernir y realizar operaciones lógicas de la razón mediante los mecanismos secretos de la Creación que de esta manera ha colocado en el hombre la cualidad de conocer mediante el movimiento discursivo que no alcanza a los animales como género. La diferencia específica del hombre, que lo separa de su género próximo integrado por todos los animales, es como la definía Aristóteles, la inteligencia, facultad exclusivamente humana que permite conocer mediante la creación de conceptos que resultan de un proceso mental que consiste en abstraer de los entes sus características esenciales para formular una imagen básica, genérica y comprensiva de todos los entes de la misma especie; es así como “árbol” representa la imagen de raíz, tronco, ramas, hojas, flor y frutos, que son caracteres que están presentes en todos o casi todos los ejemplares individuales de esta especie de seres del llamado reino animal.

Sin embargo, con estos resultados de la razón, el hombre sólo conoce la realidad que lo rodea, la de su mundo que, según hemos venido recalcando desde las primeras líneas hasta ahora, se trata de una realidad relativa mas, aunque se negara la existencia de la metafísica advaita o admitiéndola se negara su validez, seguiríamos preconizando la misma idea: con la razón no se llega al descubrimiento de los universales; Dios, por ejemplo, lo Absoluto, lo Eterno, lo Infinito... Para ello es preciso algo más que razón y lógica. Se precisa un movimiento espiritual e íntimo que abra las puertas del ser y dirija desde el corazón sus funciones exclusivas, intelectuales de carácter intuitivo o las vivenciales que permitan a ese ser remontar el vuelo hacia los estados superiores donde su individualidad, apartada del mundo contingente, inquieto y diferenciado, se confunda con la placidez de la indiferenciación donde las formas se borran para encender la luz de la Totalidad, que es, quiérase o no, el destino del hombre tras su estado póstumo.

Se equivoca quien supone que la unión con el Absoluto consiste en una reunión multitudinaria de almas perfectamente diferenciadas por los caracteres de sus individualidades, porque tal unión es una experiencia entre el ser individual y Dios, donde nada más hay y nada queda fuera. Una soledad apetecida como espacio inmenso destinado al “descanso” que demanda una pasada existencia aprisionada por las urgencias vitales. Algo similar “al merecido descanso” que nos proporciona el sueño profundo, durante el que desaparecen todas las cosas, pasiones, placeres y sufrimientos y que nos es requerido como una necesidad imperiosa. El ser humano muere antes por la falta de sueño que por la de alimentos. El ayuno de alimentos puede mantenernos vivos mucho más tiempo que el ayuno de sueño.

Los cristianos resolvieron el problema con sencillez y acierto. Si tomamos en cuenta el icono oficial del Sagrado Corazón de Jesús, se advierte que las gotas (generalmente tres) que salpican desde su corazón son tres yod o iod, que es la décima letra del alephbeto hebreo que, por lo demás, es una letra sagrada pues por partida doble (arriba y abajo) rodea a la letra vav o wav, la sexta del alephbeto, y las tres dibujan la primera letra aleph, que es la más sagrada y cuyo valor es 26: diez cada iod, y seis la vav. En el icono del Sagrado Corazón está representado con cierto disimulo la percepción sagrada de la tradición hebrea lo que, por otra parte, nada tiene de extraño si consideramos que Jesús nació judío y a los ocho días de nacer, como mandan los cánones de esa religión, fue circuncidado (Lucas, II, 21 y ss.) . Ese corazón es también una analogía y por lo tanto una representación inversa de la cueva o gruta donde se llevan a cabo las oblaciones y demás celebraciones sagradas, sin excluir las iniciáticas. Y como señales inequívocas del significado hermético del Corazón de Jesús, suele ser figurado como un sol con rayos llameantes (curvilíneos) y rayos lumínicos (rectilíneos). Ese sol que irradia luz y calor es la fiel representación de la sabiduría (luz) y de la vida (calor).

La luz del Sagrado Corazón, siguiendo las enseñanzas de la simbología básica de la tradición es la sabiduría y de entre todas ellas, la Sabiduría Primordial, cuya fuente es la divinidad y de la que proceden todas las que el hombre supone por él creadas. Es la sabiduría que alimenta los criterios básicos de todas las religiones y culturas de todas las épocas, de manera que no es factible que nos extraviemos si nos alienta el propósito de buscar la verdad. El calor proviene de la energía vital, que es otro elemento de la Creación, pero la sabiduría proviene de la luz, elemento distinto pero que ambos se reúnen formando una unidad hermética en el Corazón de Jesús. Se puede concluir, pues, que es en el corazón de Jesús donde reside la sabiduría porque es allí donde los rayos lumínicos del sol están dibujados rectos; y también es allí donde está albergada la energía vital que proporciona el calor del sol con rayos curvilíneos que quieren asemejarse a los de una llama. Hay pues, una comunión entre la sabiduría divina que escapa de los márgenes de lo propiamente humano penetrando en el ámbito de la no-dualidad, y el calor vital que se enraíza en el ámbito de la realidad relativa dualista. Del cerebro, ni una palabra; ni siquiera una alusión.

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Hemos dicho, y no una vez, que “mente” tiene que ser entendida como símbolo y no como un sitio (el cerebro), donde tienen cabida ciertas experiencias racionales. Por ello, la mente como símbolo representa la cualidad más exclusiva del ser humano, porque lo distingue como especie de las demás del género animal. Caben, pues, en la mente como símbolo, la psique, la lógica, la razón, el pensamiento, la conciencia, la intuición, la inteligencia, las vivencias y hasta si se quiere, el espíritu y el alma cuando tienen necesidad de evidenciarse de alguna manera. Hecha esta advertencia para evitar confusiones, examinaremos algunas referencias que de modo expreso se hacen en las Upanishad de la doctrina hindú, especialmente en su cosmogonía, por ser una de las más desarrolladas y arcaicas.

En la cosmogonía hindú solemos encontrar muchas referencias a la mente y no todas con el mismo sentido. Si leemos: “La Muerte tuvo un deseo: Que un segundo cuerpo nazca de mí. De este modo formó el Habla en su mente, convirtiéndose la semilla en el año. Antes de aquel tiempo no existían los años. El Habla tardó en formarse un año. Cuando aquélla nació, la Muerte abrió la boca para tragársela. Entonces aquélla gritó: “ ¡ Bhan! “ y así se formó el Habla” (Brihadāranyaka Upanishad, I, 2, 4). Es el nacimiento de la mente en el ser ya que en el primer deseo lo que se forma es el agua (ka), pero como apareció cuando estaba en adoración (arkate), al agua se la llama arkate. En el segundo deseo de la Muerte es cuando nace la mente y se aloja en el cuerpo del ser. La Muerte en este contexto, ya lo explicamos antes, significa el No-Ser, la no-manifestación de la que van surgiendo los seres múltiples de la manifestación. Las verdades más excelsas son la de los Vedas (que tiene la misma raíz que la palabra latina verdad), y así lo confirma la escritura: “Estos son los tres Vedas: Rig-veda es la palabra, Yagur-veda la mente y Sama-veda el aliento. Estos son los Devas, los antepasados y los hombres: los Devas son la palabra, los antepasados, la mente y los hombres son el aliento.

Según hemos visto en otros estudios anteriores, el destino del ser individual tras el estado póstumo depende de la conducta que haya llevado en vida, y tal comportamiento a la hora de morir quedará reflejado en la ruta que le corresponderá: la de los Devas con rumbo norte, la ruta de los antepasados con rumbo sur, y la de los hombres cuyo destino es el infierno. Las dos primeras rutas permiten regresar a la tierra para terminar de resolver las acciones que quedaron inconclusas. En cuanto al camino de los hombres, también tiene una ruta de regreso a la tierra, pero con naturalezas de rango menor. De este texto upanishádico se colige que la mente ocupa un lugar destacado, pero no el privilegiado que se reserva para los que contemplan el Absoluto, sino el de los seres caritativos, sacrificados y religiosos, en quienes no actúa la Conciencia sino la mente racional y especulativa.

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Había dos clases de descendientes de Pragapati, los Devas y los Asuras. Los Devas eran los más jóvenes y los Asuras, los mayores. En esa lucha la victoria se decantó de parte de los devas debido a la intervención de la diosa Durgā quien inmediatamente comenzó a liberar a todas las deidades que el Dios de los Asuras había secuestrado privándolas de libertad. “Cuando liberó a la mente, ésta se convirtió en la luna. La luna, después de traspasar los límites de la muerte, brilla en todo su esplendor. A quien conoce esto, esta deidad le conduce más allá de los confines de la muerte” (Brihadāranyaka Upanishad, I, 3, 16). De estos pasajes de las escrituras debemos sacar algunas conclusiones. En primer lugar, que la mente fue incapaz de sustraerse al secuestro malvado de los Asuras, y corrió la misma suerte que el oído, el habla, el ojo y demás deidades. Fue cuando la Muerte trató de tragarse el aliento vital y fracasó siendo vencida por la diosa Durgā. El aliento vital que recorre toda la extensión del ser fue la fuerza que puso freno a los caprichos del Dios de los Asuras facilitando a Durgā su victoria. Esto demuestra la fragilidad de la mente frente a las vicisitudes de la existencia y en especial del conocimiento que, al tener carácter relativo, está sujeto a error, no necesariamente pero sí aleatoriamente.

Otro comentario que sugieren los pasajes antes trascritos es que cuando la mente fue liberada por Durgā, se convirtió en la luna a la que, según referencias simbólicas hechas con anterioridad, se la considera rectora del conocimiento indirecto o reflejo, como que necesita la luz del sol para cobrar vida. La luz de la mente es la luz lunar, que precisa de una fuente lumínica externa para llegar a ser. Este conocimiento reflejo viene a representar el conocimiento dualista, impreciso y propio de la realidad relativa que conoce mediante el método discursivo, muy antiguo pero perfeccionado por el pensamiento de la Grecia clásica y que perdura hasta hoy en Occidente.

Por si lo dicho hasta aquí no fuera suficiente, recordaremos un texto que es explícito hasta donde se pueda pedir: “Como las aguas encuentran su centro en el mar, igual que el tacto se encuentra en la piel, todos los gustos en la lengua, todos los olores en la nariz, todos los colores en el ojo, todos los sonidos en el oído, todos los preceptos en la mente, todo el conocimiento en el corazón, todas las acciones en las manos, todos los movimientos en los pies, así todos los Vedas se encuentran en el habla” (Brihadāranyaka Upanishad, II, 4, 9). Todos los preceptos se encuentran en la mente y todo el conocimiento en el corazón, es ahora lo que nos interesa entender.

La mente discurre con la razón y almacena en la memoria que consiste en un reflejo del pasado, pero siempre como conocimiento de algo; el corazón conoce con la inteligencia y se escapa a los estados superiores del ser con una captación directa del objeto. En el mismo Upanishad en el Tercer Adhyāya, Noveno Brahamana, se lee repetidamente, como un himno: “Solamente quien conoce a esa persona cuya morada es la semilla, cuya visión es el corazón, cuya mente es la luz, el principio de todo ser, en verdad es su maestro”, porque el corazón no conoce con criterio dualista como la mente, sino que conoce como una visión, directamente en un acto en el que actúa la vivencia interior.

Se dice en este texto que la mente es la luz porque, en efecto, la luz es simbólicamente el conocimiento, pero la visión es el corazón. Esta visión no debe ser entendida como la visión del órgano sensible, pues tal interpretación carecería de sentido. Se trata de la visión directa de la Conciencia que permite un ejercicio gnóstico de la inteligencia, sea con característica intuitiva, sea vivencial. La luz de la mente, por su parte, tampoco significa aquí, únicamente el conocimiento racional que es el que corresponde a sus atributos, sino que en una significación de grado mayor se quiere referir a la mente como condición del ser individual, diferenciador de otros condicionamientos de especies similares a las del estado humano que comparten los de la vida, por ejemplo, pero que adolecen de mente específicamente humana; tales otros seres podrán razonar siquiera mínimamente, pero jamás podrán inteligir ni lo más mínimo.

Cuando Sakalya preguntaba acerca de las deidades en Brihadāranyaka Upanishad, III, 9, 25: “¿Cuál es la deidad de Occidente? Yagñavalkya respondió: Varuna. “¿Dónde mora Varuna? En el agua. ¿Y dónde mora el agua? En la semilla. Sakalya entonces preguntó: ¿Y dónde mora la semilla? Yagñavalkya contestó: En el corazón. Por consiguiente dicen que un hijo es como su padre, que parece haber salido de su propio corazón, o hecho de su propio corazón, pues la semilla mora en el corazón”. Además de la posibilidad del conocimiento directo por vivencia o intuición intelectual, al corazón se lo considera el centro del ser por su importancia y funciones, a tal punto que la escritura le otorga la condición de residencia de la semilla del ser, donde se produce la palingénesis y da lugar a la vigencia del aforismo chino: “Revivirás en tus miles de descendientes”.

La captación intuitiva de la Realidad Absoluta en la metafísica advaita conduce a un aserto indestructible porque constituye una unidad con el acto de captar: se refiere a la cualidad de esa captación, que no es otra que la verdad absoluta, a diferencia de la verdad relativa de la metafísica dualista. Dice la escritura: “¿Y dónde mora la Verdad? Yagñavalkya replicó: En el corazón, pues sólo desde el corazón decimos lo que es verdad; ciertamente es allí donde mora la Verdad” (Brihadāranyaka Upanishad, II, 9, 26).

El corazón es el centro del cuerpo y la sede de la inteligencia. En la mente, entendida como residente en el cerebro, se generan los conocimientos racionales que son almacenados por la memoria, y donde la lógica permite conocer con método discursivo la realidad mundanal, donde habita el ser humano y desde donde puede, según el hinduismo, elevarse a los estados superiores hasta percibir en una unidad su propio ser y el Ser Supremo. Esa comunión o fusión, o unión del ser con el Ser es una concepción metafísica que recorre las aguas fluyentes de las civilizaciones y creencias religiosas, sin excepción, aunque a veces se la disimule. El cristianismo no habría de ser una excepción y por ello no dejan de sorprender las palabras de Pablo en su Epístola a los Corintios (I), cuando afirma con claridad: “Quienquiera que esté unido al Señor, es con Él un mismo Espíritu” (VI, 17). Los primeros atisbos de una metafísica cristiana han sido demolidos sin piedad por el Concilio de Trento, impidiendo que esta doctrina sagrada construya su edificio de sabiduría perenne y se constituya por derecho propio en el dogma sagrado de Occidente. Sin profundización ni creatividad, los dogmas de otras religiones afilan sus dientes.

Con estas breves referencias a doctrinas que merecen todo el respeto generado por sus argumentos y la fuerza de su tradición varias veces milenaria, creemos haber dejado claro que es el corazón donde radica la inteligencia, y la mente donde radican los sentimientos y la facultad de llevar a cabo el proceso discursivo del conocimiento. Hemos pasado por alto citar estudios de sufismo en los que en el mismo sentido que apuntamos, el Islam le otorga al corazón el privilegio de ser el centro noble del ser humano, tal como lo afirman otras doctrinas sagradas de Oriente. Y no se diga que en Occidente la verdad es “otra”, porque para ser verdad tiene necesariamente que ser única y valedera para todos o no será verdad.