sábado, 30 de abril de 2005

Exterior / Interior

En este mundo de dualidad todo parece acomodarse a dicotomías. Una de ellas: exterior / interior, indica la separación imaginaria entre lo que nos rodea y percibimos a través de los sentidos (lo externo), y lo que procede de nuestra psique (sentimientos, pensamientos, percepciones, construcciones mentales).

Parece que en nuestra cultura lo externo es más prestigioso, sólido, creíble y robusto que lo interno. Sabemos, o creemos saber, mucho más de lo externo que de lo interno.

Sin embargo, también apreciamos que hay un mundo interior, al que tenemos acceso por el sueño, la intuición, el sentimiento, vagas reminiscencias, etc. Este mundo interior tiene relevancia sobre todo para algunos artistas, pensadores, soñadores, místicos, etc. Pero en general lo estimamos como un universo inseguro, caprichoso a veces, subjetivo, que no se comparte de forma inmediata.

Ha habido y hay personas que atienden bastante a su interioridad, y que tratan de encontrar un equilibrio entre los estímulos externos y los procesos internos. Son exploradores de los mundos interiores, en donde encuentran aliento y alimento para su vida.

Cuando ya los espacios externos son cada vez más conocidos a partir de la experiencia y el descubrimiento, la verdadera dimensión de lo sorprendente, inédito y posible se encuentra más bien en estos mundos internos.

Para acercarnos a ellos hace falta una actitud de escucha, observación, introspección, es preciso aquietar antes nuestras relaciones con lo externo, y dejar que la mente fluya a ritmos más pausados y armónicos.

El trabajo interior de introspección requiere su tiempo, su dedicación, su atención. Se basa fundamentalmente en observar atentamente lo que fluye en nuestra conciencia, esa corriente interminable de pensamientos y sentimientos que no cesa. Conforme la observamos sin juzgar ni mayor preocupación que una concentración atenta, la mente se aquieta, el flujo se hace más tranquilo y coherente.

Así la psique se equilibra y se armoniza, y empiezan a despuntar los chispazos de un mundo interior del que apenas sabemos nada. Somos exploradores de un continente desconocido que se va abriendo, que se va confiando, y que se desvela poco a poco, conforme nos aventuramos en sus mares.

Más adelante ese acceso se amplía, se afianza, comenzamos a tener grandes certezas, apreciamos poderosas energías que habitan ese espacio desconocido, son energías de quietud y de equilibrio, que nos llenan y muestran una gran confianza y una sensación de unidad amorosa, de integración con todo.

Realmente vamos apreciando que en ese interior se está muy bien, que es un mundo muy coherente, real, esplendoroso, nos sentimos unidos a él, y él nos devuelve un sentimiento de pertenencia, de unidad, de conciencia no dependiente de lo exterior.

Esta aventura maravillosa de la exploración interior empieza en un momento, pero no acaba nunca, pues ese espacio al que accedemos es infinito. No tenemos que tener prisas, pues ese es un mundo sin prisas y sin tiempo, un universo de realidad incondicional.

A todos nos cabe el privilegio y la oportunidad de ser los Cristóbal Colón de ese continente ignoto al principio, pero al que después nos sentimos permanente vinculados. Y conforme nos confiemos en esta exploración más gusto y anhelo tendremos de volver una y otra vez a explorar algo más de ese mundo.

Siempre acabaremos volviendo al espacio externo tridimensional y causal del que hemos partido en el viaje de ida. Pero volvemos renovados, y ahora lo que apreciemos a nuestro alrededor se contempla de otro modo.

Iremos descubriendo que en realidad no hay más que una brecha imaginaria entre lo externo y lo interno, y que lo externo es solo un escenario muy bien definido, pero ficticio, en el que nos manifestamos para aprender de lo interno, en esos caminos de ida y de vuelta de uno a otro plano.

Y si observamos nuestra actuación en el mundo externo, conforme tiene lugar, apreciaremos que la conciencia que nos mueve está por encima de nuestro personaje. Y que esa conciencia es permanente e independiente del personaje mismo. Recobraremos la conciencia del actor distanciado y reflexivo, que sabe que está interpretando el personaje que ha elegido, pero que no es el personaje. Y a partir de esta conciencia lúcida, iluminada, podrá hacer ahora una mejor actuación, manejar mejor los hilos de su marioneta.

Así el descubrimiento interior se acompaña también del descubrimiento de lo exterior como escenario de experiencia y de actuación. Y el arco de conciencia interior y exterior se integran en una sola conciencia permanente y eterna, el ahora eterno: despertar, iluminación, sátori…, qué importa el nombre que le demos.

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