Mi encuentro con Krishnamurti
JOHN E. COLEMAN
Mientras esperaba mi avión para salir de Benarés a Nueva Delhi, me fijé en un hindú que se despedía de un grupo de amigos. Era una figura impresionante, entrado en años -quizá cerca de los 70-, alto, con una cabeza poblada de cabello gris. Vestía el tradicional y sencillo vestido de verano de lino blanco. Su partida indudablemente entristecía a sus amigos, quienes le deseaban calurosamente un feliz viaje y un pronto regreso. Supuse que se trataba de alguna celebridad o un huésped honorable. Marchamos juntos a tomar el avión y pronto me encontré en mi sitio; absorto en la lectura de un libro que había comprado en la librería del aeropuerto, inconsciente de lo que me rodeaba, excepto el hecho de que una guapa joven americana ocupaba el asiento contiguo.
Luego no presté atención al hombre del traje blanco y, de hecho, me olvidé de él en esa parte del viaje. Sin embargo, me di cuenta de algo raro; quizá no tendría importancia, pero él no llevaba ningún equipaje. El avión hizo una parada en Lucknow. Los pasajeros salieron y todos nos encaminamos al restaurante del aeropuerto para tomar el almuerzo. Me fijé en que los europeos se reunían en una mesa y me sentí inclinado a unirme a ellos, pero cambié de idea cuando vi que el hombre que había observado a la salida del avión, se dirigía a una pequeña mesa ocupada solamente por un hindú oficial de la Armada. Cambiamos las usuales cortesías y me senté presentándome yo mismo. El me dijo que su nombre era Krishnamurti. “Soy una especie de filósofo”, dijo.
Si en ese momento hubiera sabido lo que después supe acerca de Krishnamurti, me hubiera sentido agradecido por el significado de tal oportunidad, porque éste era mi primer encuentro con un hombre que por más de 40 años había fascinado a miles de seres en todo el mundo con su sabiduría, un maestro reverenciado, no sólo en su nativa India, sino también en Europa y en los Estados Unidos; un hombre que en su juventud había sido preparado como la reencarnación de un Mesías, por gente muy significativa.
Al principio nuestra conversación fue general. Hablamos del clima, de la guerra y de otros tópicos casuales. Me pidió que le pasara la sal; se nos había dado a elegir entre un plato de carne y otro de vegetales, y él escogió este último. Como asunto de interés y por hacer conversación, le pregunté por qué había optado por la ensalada y me contestó que simplemente porque prefería ese alimento, y que en ello no estaba involucrado ningún principio moral. Igual que muchos hindúes, él había sido criado con alimentos vegetales y esa era la razón de su preferencia.
Sabiendo que “Krishna” es una palabra hindú que significa Dios, me aventuré a preguntarle cuál era el significado de su nombre, Krishnamurti. En el sur de la India es costumbre que el octavo hijo, si es varón, se le dé el nombre de Krishna, y su nombre, según me dijo sin la menor traza de autoconciencia, significa “a semejanza de Dios”. A partir de allí, nuestra conversación empezó a cambiar de rumbo alejándose de la habitual charla entre compañeros de viaje y me sentí, si no de hecho alentado, tampoco desalentado para dar un paso más hacia adelante.
-Usted ha dicho que es “una especie de filósofo” aunque, sabiendo el significado de su nombre, diría que usted es un hombre religioso -sugerí. -Si por esa palabra usted quiere decir que yo sigo una religión, la respuesta sería “No, señor” -dijo él. Tampoco sigo una filosofía particular. Creo que todas las filosofías y las religiones están equivocadas. La palabra escrita o hablada no es la verdad. La verdad puede tan sólo experimentarse directamente en el momento en que ocurre. Cualquier pensamiento o proyección intelectual de la verdad es un paso fuera de ella, señor.
Hice una pausa momentánea para tratar de comprender lo que había dicho. Hablaba rápida y directamente, con un impecable acento de Oxford; y no pude evitar sentirme divertido aunque un tanto embarazado por la forma en que se dirigía a mí, llamándome formalmente “señor” aunque yo tenía 27 años para sus 65 ó más. -Ya que usted no sigue ninguna de las religiones establecidas, ¿cuál de los grandes líderes religiosos, en su opinión, es el que más se acerca a enseñar y realizar la última verdad? -le pregunté. -¡Oh, el Buda! -replicó Krishnamurti sin vacilación y un tanto para mi sorpresa. Esperaba que él hubiera mencionado alguno de los dioses hindúes o quizá a Cristo. El Buda -continuó- se acerca más a las verdades básicas y a los hechos de la vida que ningún otro, aunque yo mismo no soy un budista, por supuesto.
-¿Por qué no? -pregunté tan cortésmente como me permitía mi deseo de ir directamente a los asuntos -Ninguna organización, no importa lo antigua o reciente que sea, puede llevar al hombre a la Verdad. La organización es un obstáculo y sólo puede causar impedimento. Bloquea a un hombre para el estudio sincero. La Verdad viene de adentro, viendo por usted mismo. Es cierto que la forma convencional de adquirir conocimiento es leyendo o escuchando, pero para comprender tiene usted que penetrar directamente por la observación silenciosa. Sólo entonces usted comprende.
Hizo una pausa y yo esperé que continuara.
-Evidentemente, si va usted a construir un puente debe estudiar las tensiones y compresiones de la materia, pero cuando se trata de comprender la verdad o el concepto del amor o de determinados pensamientos filosóficos o religiosos (todo lo relacionado con la realidad), ello tiene que ser penetrado y experimentado directamente sin interpretación intelectual. La Verdad viene de adentro. Una vez que usted ha llegado a la comprensión, es capaz de hablar acerca de ella, pero de ahí no se sigue que alguien que escuche ha de comprender.
-Si usted escribe un libro, o fabrica un carro de motor o el aeroplano en que estamos viajando, yo comprendería.
-Ése es el propósito del intelecto, señor: comunicar -replicó Krishnamurti-. Las cosas mecánicas o materiales pueden ser comprendidas, pero si yo trato de decirle a usted lo que es Dios o lo que son la Verdad o el Amor, usted no entenderá por completo. Quizá yo sepa lo que es el Amor, lo que son la Realidad y Dios; es más, puedo escribir un libro acerca de ello y usted puede leerlo y comprenderlo intelectualmente, pero ello no implica automáticamente que usted sepa lo que es el Amor o lo que es la Realidad. Esto debe comprenderlo sólo por experiencia directa, sin interpretación y sin intelectualización. El pensamiento y la palabra no son lo real, ellos distorsionan la realidad.
Tomado de la revista digital La Edad Dorada






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